blues y blog

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viernes, 30 de diciembre de 2011

SU CANCIÓN MÁS AMADA

Colocar ruidos por la casa no le sirve de nada. Ni darle calor a las estancias, ni quitar las alfombras para que no amortigüen sus pasos. Poner las fotos en las que su sonrisa lo ilumina todo tratando de llenar el lugar con su presencia intacta, aumenta de forma innecesaria un dolor que no acaba nunca.

Nada sirve de nada, porque es imposible olvidar que ella no está. Creer que la vida puede seguir en el mismo orden desde que ella ha muerto es como pretender que los días no tengan noche.

La casa parece deshabitada y el frío permanece incrustado en las paredes. Todos los ruidos le molestan y al mismo tiempo el silencio se hace insufrible. Comprende que no son las condiciones de la casa, sino su propio dolor lo que le impide permanecer en ella. Todo le provoca una mala rabia que no quiere disimular.

Un cortejo de luces de colores prolongadas por una niebla intensa abraza las farolas hasta difuminarlas. La misma niebla que se posa en los tejados y se enreda entre los árboles cuajados de falsas lágrimas de nieve, y dibuja los cuerpos ateridos de la gente que destilan nubes de vapor por sus bocas sonrientes. La gente va feliz, sonríe como si esperara algo que sabe que va a sorprenderle. Los escaparates muestran ilusión, lujo y atrevimiento.

Ahora se arrepiente de haber salido, no entiende esa alegría de la gente, esos rostros que van como iluminados pertenecen a seres sin sentimientos, esos retazos de palabras alegres que se quedan bailoteando a sus espaldas son restos de una fantasmal exhibición grotesca. No puede compartir ni comprende sus alegrías, no vive en este mundo, se ha quedado muy solo, ha muerto ella, y sin ella no existe el futuro ni la navidad ni puede entender que el resto de la gente pase a su lado sin ver su dolor.

En mitad de la avenida, un hombre vestido con un enorme poncho de colores arranca de una flauta los sonidos de la canción que ella amaba por encima de todas las canciones. Las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta, lo pies clavados en el suelo, como un árbol sin ramas que ha crecido de repente desde alguna raíz que acida el aire, recibe el movimiento de choque que golpea sus hombros, sus costados, y lo hace tambalear como si fuese una rama desgajada sacudida por el aluvión que baja y sube la calle.

Se deja caer junto al músico, queda sentado en la acera y coloca unos billetes sobre el sombrero donde la gente deposita su limosna en calderilla. Su mirada es una súplica que el músico atiende sin dejar de tocar la canción.

Lentamente el mundo comienza a disminuir su paso. El trasiego de gente adquiere el ritmo de una cámara lenta, van en la cadencia de un disco vago de revoluciones. Y como si hubiesen abierto de golpe las ventanas de la calle, le abofetean el perfume de los inciensos de los puestos figuras del belén, el tufo penetrante de las castañas asadas, los vahos del transeúnte que despide efluvios de cervezas fermentadas.

Unos brazos amados lo alzan desde la altura en la que el músico interpreta sin cesar la melodía y baila dejándose llevar por ellos rodeando el talle menudo, acariciando su pelo, oliendo su perfume desvaído. El perfume especial, diferente y único que le queda en el recuerdo. El perfume que emanan los cuerpos de los muertos.

jueves, 29 de diciembre de 2011

AUSENCIA

Ausencia de vida en las ventanas,
vacío de la otra silla alrededor de una mesa,
un armario de perchas descolgadas,
dos trajes atacados por polillas
descansando sobre la cama vacía por la ausencia.

Ausencia de presencia, de voces y de risas.
La baraja de cartas con la que entretenías
las tardes haciendo solitarios,
la aguja del ganchillo,
la colcha de crochet, las sábanas de hilo y las mantelerías
que te ayudaron a entretener la vida
con el trabajo siempre comenzado.

¡Cuánta faena a cuestas,
cuánto dolor de espalda para morirse un día
y dejarnos la casa poblada con tu ausencia!

A veces,
si me quedo mirando un punto fijo,
me parece adivinarte allá en la ausencia
recortada en el vacío del recuerdo.

La elegante silueta,
el pelo recogido en un moño de artista,
el suave movimiento de las manos
y los ojos perdidos en algún arabesco
dibujado en el delicado organdí del costurero.

A veces,
la ausencia me rodea
y ando todo el día tropezando contigo,
que te quedas parada en el pasillo
como si no me vieras.

¿QUÉ HACEMOS HOY?

Acompáñame, ven conmigo, hoy vamos a cubrir ausencias, a tratar de llenar habitaciones vacías, a descorrer cortinas y a subir las persianas, a hablar con el silencio de los que se han marchado.

Hoy vamos a sentirnos identificados con aquellos que no tienen identidad, que solo tienen frio y son ausencia. Y están ausentes. Porque sobre los papeles, ninguno de esos que tienen hambre, sed y necesidad de justicia son gente de carne y hueso. Esos no están numerados, son fotografías, estridencias en los números contables de los que hablan las estadísticas frías, que llenarán muchos bolsillos antes de llenar un estómago vacío por el hambre.

¿Qué hacemos hoy?, preguntas. Acompáñame, pero no te quedes escribiendo conmigo. Vamos a las cloacas, a las calles, a los refugios, a las habitaciones de aire en las que duermen los indigentes cada noche. Vamos a los comedores sociales, vamos con los ángeles de carne y de hueso que recorren las calles llevando algo caliente a las barrigas frías, histéricas y heladas por el vino, por la soledad, por sus propias ausencias y silencios.

Vámonos con las mantas a otra parte. Vámonos sin caridad, sin estridencias, sin hacer el más mínimo ruido. Vámonos con la noche y con el frío para amanecer con la escarcha descoloridos y austeros, dolidos por el dolor de tanta gente. Hoy vamos a cubrir ausencias, sobre todo. A llamar a la soledad con su nombre y apellidos. Vamos a decir que la tristeza es válida y nos permite salir de los apuros en los que nos meten la comunidad ruidosa, explotadora de bengalas, distribuidora de truenos e insolencias.

Hoy vamos con nuestras propias uñas a marcar en el calendario una fecha. Hoy, en este día, a partir de este día he decidido hacer lo que me dé la gana. Ser feliz o estar triste no depende de mí. Pero haré todo lo posible por llenar mi vida de la misma forma, con los mismos métodos y disciplinas, con que hoy trato de llenar ausencias, de sentir que las habitaciones vacías se están volviendo a llenar de vida, que se puede hablar con el silencio y escuchar respuestas que nos manda.

¿Qué hacemos hoy? Ven conmigo. Pero no a lamentar la edad, la soledad o el vacío. Sino a llenar lo que nos queda de vida con la esperanza de verla siempre llena.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

LA ESQUINA DEL DEMONIO

Cerca de mi negocio hay un espacio socialmente acotado por una docena de chavales jóvenes, de entre 20 y 30 años, en el que no hay cabida para nadie extraño a su círculo. Se pasan el día fumando cigarrillos de marihuana, pateando piedras, escupiendo saliva, con las manos hundidas en los bolsillos, o en alguna de esas actitudes que les son tan características.
Hemos intentado acabar con aquel ghetto en repetidas ocasiones, pero sin éxito alguno. La policía nos dice, cuando le hemos llamado, que los chicos están en la calle porque no tienen otro sitio a donde ir, que no alborotan ni se meten con nadie, ni se pegan ni insultan a los vecinos.
Que no hay caso por el que ellos puedan o tengan que intervenir.

Como se podrá comprender, nuestras relaciones no son buenas. Ellos saben que nosotros no les queremos allí, y nosotros sabemos que los sufrimos injustamente porque no hay términos legales para echarlos, que lamentamos la pérdida de clientes que no pueden estar sentados en la terraza porque el humo de sus cigarros de grifa les expulsa. Tampoco quieren venir con sus hijos para que jueguen en el parque cercano por el temor consecuente y comprensible. Los vecinos de los pisos superiores se abstienen de abrir sus ventanas cuando ellos están reunidos. La gente que pasea cerca se lamenta por no haberse dado cuenta antes de lo que se cuece en aquella esquina del diablo.

Mientras los chicos se defiende diciendo que los del bar son los que menos pueden quejarse, porque ellos también se drogan con sustancias perniciosas aunque sean legales y los propietarios de los bares que servimos copas, son igualmente camellos autorizados y solo son más honrados porque pagan impuestos. Sabemos que esto pasa aquí y se consiente porque en nuestro barrio somos gente sencilla, obreros y autónomos de renta baja, jubilados y empleados sin profesión que han adquirido su vivienda de segunda mano más económica.

En definitiva, sabemos que esto que pasa en nuestro barrio no pasa doscientos metros más allá, donde se ubican viviendas unifamiliares, pisos de alto nivel y un complejo comercial y de ocio cofinanciado por grandes empresas de distintos sectores.
Días pasados fue Navidad. El bar estaba cerrado. Me acerqué hasta él para echar un vistazo como suelo hacer en días de fiesta, aunque nunca entro. Compruebo que todo, por fuera y desde fuera, está en orden. Y allí estaban los chicos, entre ocho y diez y en la misma actitud que de costumbre. Unos fumaban, hablaban entre ellos, la cabeza gacha, las gorras como casquetes de obispos encajadas sobre la frente, sudaderas deportivas gastadas e inútiles para protegerlos del frío. Actitud de indiferencia total, hastío, organizado desorden de vidas sin sueño. Tal vez sueñan algo, esperan algo, no sé, igual no los entiendo, igual ellos no me entienden, y nunca será posible la armonía entre nosotros.

  De pronto tuve un ramalazo de locura. Actué sin pensar abriendo la puerta del bar e invitándolos a pasar. Me miraron sin entender, dudaron al principio, después se confiaron, y pasaron. Seguramente necesitaban confiar. Fueron pasando uno tras otro mientras yo iba sacando cervezas, gambas que quedaron del día anterior, y hacía rebanadas de pan y loncheaba chorizo y caña de lomo y se los colocaba ante sus atónitos ojos y ante mi propia sorpresa. Me fui tomando confianza, me animé, les animé a comer y a beber, les invité a cantar, “¿no sabéis canciones? ¡Cantad, vamos a cantar!”, puse el aparato de música y metí un compacto de mis clásicos de siempre sin pararme a meditarlo mucho. Adriano Celentano, ese va bien. “¿O quizás preferís villancicos?... O un rap, de eso no tengo, es igual, música es música, no os cortéis, si queréis cantar, cantáis, y si no, a comer y a beber…” Seguí sirviendo cervezas, cortando chorizos y jamón. Estaba muy cansado del día anterior pero en aquellos momentos me sentía satisfecho. Había pasado la noche buena con mi familia, relajado y sin problemas, comiendo y bebiendo a discreción, compartiendo con una familia muy amplia el repertorio de ideas, músicas y situaciones de todos los años.

Esto era fenomenal, diferente, divertido. Esto era único. Una experiencia que nunca había experimentado. Yo estaba feliz, contento. No sé si debía estarlo, pero lo estaba. Cuando pensé que ya estaba bien les invité a salir. Les ofrecí mi mano, les fui apretando a cada uno la suya, apagué la música y les agradecí que hubiesen aceptado mi invitación. Les emplacé para seguir negociando. Y ante mi sorpresa se negaron a salir. Todos obedecían la orden de un líder que permanecía sentado y les indicaba con gestos que se quedaran. Inútilmente trataba de explicarles que yo tenía que irme, que debía cerrar las puertas, que les agradecía a todos…

Vi que el que se erigía jefe sacaba un librillo de hojas de papel de fumar. Estiró las piernas por debajo de la mesa, se levantó la gorra de visera y sacó de su forro una papelina de grifa. Eso supuse que sería. Me negué en redondo con una autoridad que no admitía discusión ni réplica. ¿O sí? Mi cara se fue encendiendo y mi gesto de complacencia cambió de pronto por una ira que agarrotó mis brazos como tentáculos de calamar y la sangre se agolpó en mis sienes haciendo latir mis venas. Sentía golpear los latidos de la sangre en la frente, noté cómo engordaban las venas hasta hacerme creer que iban a estallar. Me sujetaron y me sentaron de un golpe sobre una silla. Estuve a punto de caer de ella. Les gritaba “aquí no, chicos, aquí no”, y se reían con la boca llena de pan revuelto con trozos de jamón y gambas. Sentí ganas de vomitar y no me reprimí.
El simulacro de paz y amor, de concordia y comprensión había terminado sin haber llegado a ningún punto de unión ni confianza. Vi como cerraban las puertas desde dentro echando los cerrojos y las llaves. Sacaron las botellas de ron y de whisky, el hielo, los refrescos. Echaron al suelo la caja registradora que se abrió como una granada y desperdigó por el suelo las pocas monedas que había dejado en ella el día anterior. Volcaron la máquina de tabaco, la destrozaron a golpes y sacaron todos los paquetes de cigarrillos que contenía. Quizás quedó alguno dentro, no sé.

Bebieron hasta que cayeron redondos y exhaustos, agotados, babeantes, locos. Golpearon todo lo que podían golpear, a mí lo primero, vaciaron sobre mí el contenido de las botellas cuando ya no pudieron beber más, rompieron vasos y platos, destrozaron la decoración de las paredes, descolgaron las guirnaldas que adornaban el bar con motivos de la navidad. Mientras estuvieron dentro, las cortinas permanecieron echadas y ahora, al tiempo de marcharse, las abrieron y quedaron expuestos a la vista de todo el que pasara los daños ocasionados, mi cuerpo machacado tendido en el suelo, los cristales cubriendo el suelo, la gran mancha de líquido extendida por toda la superficie. Era día de navidad y la gente dormía o descansaba hasta tarde.

Al salir dejaron las puertas abiertas. Tardó más de dos horas en que alguien pasara y se interesa por lo que había sucedido en el interior. O eso al menos me pareció a mí. Aunque creo que yo perdí la conciencia y en realidad lo que a mi me parecía una eternidad habían sido solo unos minutos.

Todavía aturdido, mojado y apestando a todos los licores que vaciaron sobre mí, dolorido por los golpes y absolutamente colocado de grifa, llamé a la policía, que no tardó ni cinco minutos en llegar.

De los chicos no había rastro en la calle. Me llevaron detenido n un coche celular, me metieron en los lavabos y me ducharon con agua fría. Me golpearon con una toalla mojada para que confesara lo que realmente había pasado. Nunca creyeron lo que les conté, nadie había visto nada y la versión oficial terminó siendo la que ellos quisieron que fuera. Confesión que no firmé y por lo que me retuvieron hasta que se celebró un juicio en el que solo hubo un acusado y ningún testigo.

Cuando volví a abrir el bar, decorado y limpio de nuevo, instalado con maquinaria y utensilios de primera mano, los chicos seguían hacinados en su esquina, pateando piedras, fumando grifa, se rascaban una pierna, soltaban palabrotas y le tiraban pelotas a un perro para que fuese a recogerlas. Su paciencia parecía infinita pero la mía aun estaba sin comprobar. Seguimos viviendo como antes, como si nada hubiese sucedido. Pero yo he comenzado a planear una venganza que algún día llevaré a cabo.

A veces creo verles el miedo en la cara, como si pudiesen leer mis pensamientos.

martes, 27 de diciembre de 2011

EL PAVO GORDO DE LA TÍA TERESA

En el corral de mi tía Teresa había siempre muchas gallinas, gallos y pavos. Pavas, me figuro que también había. Nos gustaba ir allí porque siempre nos daba huevos que eran los mejores huevos que comíamos nunca. Jamás vimos unos huevos con yemas más rojas, grandes y sabrosas. Ya casada y con hijos a los que nunca supe por qué no le gustaban los huevos, les prometía que aquellos eran los huevos que comía Popeye y se los comíam con una delicia increíble, y repetíam, como si aquel manjar no fuese el mismo que comíam en la ciudad. Y debía ser sencillamente porque no lo era. Aquellos eran los huevos del corral de la Tía Teresa. Recuerdo que cuando llegábamos al corral le gritábamos a los pavos “¡Aceite y vinagre!” y los pavos respondían siempre con un croar ruidoso y chirriante. Ninguno nos cansábamos. “¡Aceite y vinagre!” “¡Crooaoaoaoaorc!”. “¡Aceite y Vinagre!”, y de nuevo aquella respuesta estridente y rutilante mientras se le movían los ganglios rojizos apoyados sobre las plumas.
Y cuando llegaba la navidad, la tía Teresa nos regalaba un pavo. Y llegábamos al corral para elegir al elemento que más nos gustara. Y le gritábamos la consabida cantinela para que saliera de su cuchitril y nos divirtieran con su canto loco de pavo triste. Pero el pavo estaba más pavo que de costumbre y por alguna razón que desconocemos, quizás por el frío o un sexto sentido que tienen los pavos, desconocido para el gran público humano que se ríe de sus gorgoritos, se negaba a salir de su pavero y no cantaba, no respondía al canto idiota que le lanzábamos, “¡Aceite y vinagre! ¡Aceite y vinagre!”. Mientras nosotros, tan listos, pobres estúpidos humanos, ignorando que si durante todo el año hubiésemos cantado hasta quedarnos roncos “¡Aleluya, aleluya, te queremos, engorda, que te queremos gordo, que te vamos a matar por navidad!” nos hubiese respondido de igual modo, con su canto falto de exotismo, vulgar y estridente. ¡Croooooaoaoaoaoaorrrrc!

lunes, 26 de diciembre de 2011

LA LUNA ENAMORADA


La luna se asomó al acantilado y se vio reflejada en el agua clara y verde de aquella tarde entre dos luces. La luz de la tarde terminando y la de la noche al comenzar. El mar era un derroche de serenidad.

Cuando la luna se vio en la superficie del agua, se enamoró perdidamente de lo que veía. Se acercó, pero la imagen se diluía en onduladas oscilaciones y se convertía en cien líneas diferentes, y se perdía su imagen perfecta, blanca y redonda.
Aquella noche la luna lloró como una niña que acabara de enamorarse y pierde al ser amado. Y a pesar de eso y desde entonces se asoma cada noche al mismo acantilado, pero ya solo ve restos desiguales e imperfectos, y solo alguna vez, de tarde en tarde, su amor recupera su aspecto.

Y ella, resabiada, se aleja por el agua mar adentro.

domingo, 25 de diciembre de 2011

BANDAS BLANCAS

Bandas blancas, rayas amarillas, silencio, soledad y caos, claustrofobia, imagen vertical del mundo, metamorfosis lineal, hierro y desesperación. Silencio, bulla, pasos, intimidación, catarsis, miedo. Calor. Frío. Indiferencia. Ojos cerrados, miradas ajenas, perdidas, ojos que miran sin ver nada más que un camino fijo y repetido. Escaleras empinadas, hierro forjado negro. Oficinas clandestinas, traficantes de sueños, desolación, tristeza. Máquinas, máquinas, máquinas. Prisa, ruido, indiferencia. Mundo subterráneo, superficies planas, kioscos de prensa, se vende, se vende, no compro, no vivo, no sueño, me voy, me quedo, quiero trabajo, había una promesa, silencio, tardo, llego tarde. Llego. Caminos blancos, duros, asfalto y margaritas. Casas de noches nacientes. Oscuridad iluminada de rayos, ruido, confusión, pasos acelerados, pasos cortos y precipitados, zancadas de avestruz, caminos de asfalto, suciedad, luz, oscilación, dudas, decisiones, me voy, termino.

No. Me quedo. Hay gente que camina de prisa, se les ve los pensamientos. Tropiezan unos contra otros. No se miran. Parecen autómatas movidos por resortes clavados en sus frentes. Gente solitaria y huraña que no sonríe nunca. Eso es lo que veo. Gente silenciosa que alguna vez hace el intento de huir de sí mismos, pero se queda estancada a la orilla de un deseo. Recuerdo aquélla primera vez, el bing- bang de mis sentidos, la eclosión de las emociones más primarias. El deseo de estar y hacerme un hueco, de pertenecer a la gran marabunta, de presionar con los codos y empujar hacia dentro reclamando el derecho de estar en la jungla como otro cualquiera de la especie. Como si naciese hacia dentro. Y entonces compruebo el rechazo, la absoluta y tremenda desconfianza que provoco y me inyectan, como si fueran primates de una especie enemiga. Les temo y me huyen. Hay una desconfianza previa y mutua que provocan mi huída. No aprendí a caminar entre ellos. Sentí desgarros y me dolieron mucho. Eso es lo que vi. Ahora ya sé que nada es igual. En principio fue el impacto y la desesperación, la soledad, la frustración de mis expectativas.

Desde la distancia y después de alguna vuelta esporádica comencé a darle humanidad a las estatuas pero sé que nunca viviría allí, porque estaría muriendo sabiendo que allí lo hago a cada momento. No la quiero, pero tampoco ella me quiere a mí. No es odio. Es otra cosa. Es una relación sin parentescos, sin nombre ni argumento. Si hay que ir se va, se da una vuelta, se visita la exposición o a la familia, pero después marcho, rápida y contenta por marchar dejando atrás la ciudad por la que caminaré sin miedo. Yo soy de espacios amplios y de distancias cortas y cómodas. Caminos de tierra, penachos verdes de pinos o estatuas altísimas. Y álamos, los cipreses, que no por fuerza han de ser estos bellos árboles escenarios de tristes cementerios.

YA HA PASADO LO PEOR. AHORA TOCA RECOGER LOS RESTOS DE LA BATALLA.

Hola, buenos días, amigos. Ya pasó lo peor, ¿no? Creo que para muchos la peor noche de nuestra vida. La noche en la que depositamos tanto trabajo y esfuerzo, en la que volcamos tantas energías. La noche de la gran Esperanza, en la que tanto necesitamos que se produzca el Gran Milagro. La noche de la magia, del misterio, del dolor. Es la noche en la que más nos duele todo, pero sobre todo en la que nos duele de forma especial la soledad. Es la noche en la que más solos hay, solos multiplicados por muchos cientos de seres acompañados. Soledades arrinconadas en la trastienda de la fiesta, de la gran mesa puesta, del barullo, del lujo, de la sonrisa hipócrita, de la necesidad de transformar en felicidad la soledad del día a día que nos está matando. Es la noche en la que escenificamos desfigurado el gran cuento, convirtiendo en guión universal una manera arcaica de entender un pasaje histórico. Pero ya pasó todo, afortunadamente. Quedan las sobras de anoche para almorzar hoy, quedan restos de pintura sobre los ojos para llorar hoy con una mirada más serena, con un dolor adulto y mejor distribuido; quedan determinaciones que tal vez no se lleven a cabo de forma automática, pero que serán el grano que germine mañana. Queda la soledad, qué duda cabe, pero asumida y reconfortada por esa misma determinación. Y quedan los restos del paso de esa Noche Buena por nuestra casa, del paso de los invitados, de los amigos, de los familiares que vinieron a felicitarnos o a comer con nosotros y a gorronearnos nuestra soledad para no llevársela ni entenderla ni compartirla. Yo no tendría que haber ido tan lejos a celebrar esta Noche Buena. Hubiese sido mejor haberme quedado en casa, poner una mesa larga en el centro del rellano de la escalera. En la planta en la que vivo somos cuatro familias y en cada una de ellas hay un drama diferente que todos tratamos de ocultar al otro para que nadie sepa, para que nadie nos tenga lástima, para no inspirar en nadie la caridad que no queremos ni podemos ejercer sobre los otros. Y en esa mesa larga, escenificar otro gran momento bíblico y reunidos en asamblea, compartir lo poco que cada uno tiene, pero sobre todo, vaciarnos de amor hacia el otro compartiendo con ellos nuestros propios dolores, y así nuestra soledad estaría menos sola, pienso yo. Cuando volvía de esa cena familiar, correcta, a veces divertida, alegre otras, un grupo de vecinos o de familias se dispersaban alrededor de varias hogueras montadas en plena calle. Sonaba música a todo volumen, se oían risas, risotadas, villancicos flamencos jaleados y acompañados de palmas y jolgorio. Perdí la vista de ellos cuando el coche se alejó de la escena, pero mantuve el espíritu con ellos. ¿Realmente se lo estaban pasando tan bien como parecía? No lo sabré realmente si pienso en cada uno de ellos de forma individual, pero el conjunto era feliz y estaba alegre, sin duda. Como colectivo, como grupo, la humanidad funciona en términos reducidos, a la pequeña escala de hacer de una noche el motivo para estar justificadamente en la calle haciendo hogueras y cantando por Jerez al toque de palmas y bulerías. Los que viven en la calle, en chabolas, en caravanas, bajo el puente y sobre cartones, harán una gran hoguera y asarán patatas o boniatos o lo que hayan podido acarrear de por ahí; echaran sobre las llamas todo el resto de la amargura que les quede, que crepitará junto a la sal despidiendo chispas. Se reirán y lloraran sin lágrimas de todo y por todo, beberán un vino desfigurado por el alcohol y la fuchina y hasta es posible que acaben amándose un poco o a puñetazo limpio. Se taparán el frío con el fuego y el hambre con la desesperanza que arrastran y a la que están acostumbrados. Ellos no esperan nada de la Noche Buena. Ellos son los más inteligentes, porque ellos saben que todas las noches serán como deban ser. Ni más ni menos. Igual de malas o de buenas como vengan escrito en las estrellas. Pero quizás es que solo yo estoy triste y al resto de la gente no le suceda nada en navidad, y sea capaz de escribir páginas gloriosas en sus vidas mientras yo trato de desbaratar el sistema con mi amargura. Quizás es que me amparo en el disfraz de esta noche para ocultar la rebeldía. No quiero ser feliz a cualquier costa ni por cualquier motivo, y mucho menos quiero ser feliz porque lo pregonen los carteles publicitarios, las campañas comerciales de los grandes almacenes o las agencias de viaje. Quiero ser feliz y estar alegre porque me toca, porque debe ser una obligación, porque todos debemos estarlo para ayudar al que no lo esté, pero porque nos salga de las tripas, porque se nos haga necesario, porque nos lo ordene nuestro propio sistema de supervivencia. Pero bueno, en fin, que ya todo ha pasado. Que comeremos lo que quedó anoche del asado, de la ensalada, de los huevos, los mariscos y el jamón bien conservados. Que no podemos tirar nada, que hay mucha gente que pasa hambre en el mundo y tirar algo sería un sacrilegio, un pecado que no queremos cometer.