blues y blog

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sábado, 5 de julio de 2014

LEY DE GRAVEDAD


“¡Que vieja estás!”, me dijo mirándome mientras me retiraba un mechón de pelos de la frente.

Yo hubiese preferido que me hubiese dicho, “¡Que viejos estamos!”, porque él se estaba mirando en mis ojos y seguramente se conocía desde hacía mucho tiempo, como yo misma reconocía cada nueva arruga, cada cana nueva, cada achaque que nos surgía al levantarnos.

Como yo misma me veía en los suyos y lo veía a él con los míos, medio apagados, enfermos de miopía y de ceguera vieja.

“Hemos vivido lo nuestro, -le dije- no debemos desperdiciar lo que nos queda mirándonos en los espejos”.

“Lo hemos vivido todo, -dijo él- como quien se lo ha comido todo y no ha dejado nada para mañana”.




             

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(Fotografía de Elena Bellver)

miércoles, 2 de julio de 2014

LA OTRA PRESENCIA



Alguna vez la veo pasar cerca de mí, me mira directamente a la cara con descaro o se hace la distraída, como si nada le importara.
 
La mayoría de las veces pasa de largo y nunca se detiene, y es cuando más se lo agradezco; otras se hace la remolona, juguetea conmigo, se enreda con los cordones de mis zapatos, me cuenta un chiste tétrico o me invita a columpiarme desde lo alto del puente y cuando yo he aceptado ella no aparece.
 
Le temo, huyo de su presencia, pero insiste. Es como una mala amiga a la que no quieres darle oportunidad de que entre en tu casa porque después le cuenta todo lo que ve a las vecinas. Es como una enfermedad que te envenena contra la que no hay solución ni medicinas.
 
Tiene un nombre sonoro y hermoso, sin duda alguna su nombre es más lindo y sonoro que ella. Se llama Soledad pero va siempre acompañada de otros nombres y de sus apellidos más ilustres que le otorgan linaje y le dan importancia de rancios abolengos. Pero ni sola ni acompañada me gusta verla cerca de mí y huyo de su presencia; pero la sombra de Soledad es alargada y a veces me alcanza y me rodea y se revuelca conmigo por el insidioso fango de la tristeza.
 
 

domingo, 29 de junio de 2014

LOS OLORES DE LA NIÑEZ

< Con el tiempo, los olores han perdido el antiguo grado de importancia que tenían. Aunque sigan teniendo su mismo significado, ninguno de aquellos olores que se nos quedaron alojados en el recuerdo son ahora los mismos. Desde el momento en que nos ayudaron a desarrollar el sentido del olfato, con el que crecimos, que apreciábamos y sabíamos distinguir entre cualquier otro cuando éramos pequeños, hasta hoy, han cambiado tanto en su proceso de creación, de fabricación, etc, que ninguno tiene, en la actualidad, la misma fragancia que tenía cuando éramos pequeños.
 
    Ni siquiera las pastillas de jabón de Heno de Pravia siguen conservando aquél olor suave y delicado que tenían. Ni los jarabes para la tos, ni el horno de la panadería donde se cocía el pan, ni el del matadero con los fuertes olores de las especias con los que se sazonaban los productos entripados del cerdo. Ni el de las jaras supurando resina en invierno cuando ardían en la hoguera con las que hacíamos el fondo para el brasero que calentaba las casas; ni los corpus de junio con el camino de la procesión lleno de juncias y todo lo que creía a lo largo del regajo.
 
    Todo ha cambiado de olor o han desaparecido los elementos o están nuestras narices incapacitadas para captar lo más fino, las mejores esencias; están hechas una calamidad por los estragos que nos ocasionan las fórmulas de los compuestos que le echan al aire para que parezca aire, por la saturación de pesticidas, tabacos, componentes orgánicos y otros productos vinculados al progreso lo que nos tiene inhabilitadas las fosas nasales. Aunque más que el sentido del olfato, es el de la memoria el que no termina de encajarlos en su sitio.
 
   Uno de los olores que no he podido recuperar nunca y que cada día está más lejano en el recuerdo, es el que despedía la vieja biblioteca de mi pueblo, en la que apenas ya quedaban libros cuando yo era pequeña porque nadie había seguido reponiendo ejemplares, y en la que los chiquillos, sobre todo los niños, manoseaban tebeos, y algunos hombres leían con afán metódico dándose sin querer aires intelectuales, los periódicos atrasados de toda la semana. Era un olor intenso del papel envejecido y saturado de tufos enquistados, manoseado por el sudor de tantas manos que habían recorrido sus páginas, mezclado con el de la vieja madera de los pupitres, el que se introducía a través de los huecos de la nariz y llegaba al pecho e inundaba la capacidad pulmonar hasta desbordar el alma. Entonces tenía que abrir la boca y dejar salir el aire, quedarme vacía para poder respirar de nuevo.
 
   La biblioteca era un salón grande, anexo y comunicado con el casino, que además servía de sala de proyección de cine y actuaciones teatrales, más largo que ancho, más lúgubre que diáfano, lleno de pupitres altos con cajoneras ideales para leer de pie, tomar notas y guardar periódicos o libros en sus gavetas; y mesas y sillas ennegrecidos por el tiempo y el uso. Todo era de la misma madera y tenía el mismo color. Hace poco me la hizo recordar una vieja parte de la biblioteca de Calañas cuando la conocí, la primera vez que fui a llevar unos libros, pero solo era un olor aproximado a aquel otro que pervive en el recuerdo haciéndose añejo de forma persistente.
 
   Había una oficina situada sobre una pequeña altura, desde la que el responsable vigilaba y tomaba nota de los libros o revistas que íbamos a llevarnos.

A mí me gustaba sentarme en uno de los lugares destinados a la lectura, una mesa alta con taburete, y leía sobre todo a Julio Verne, autor casi obligado, ya que era escaso el fondo editorial en las estanterías. Las pastas, los lomos, las páginas interiores, todo desprendía el mismo olor agresivo, particular y único. Era un tufillo intenso y no se podía decir que fuese un perfume agradable, pero a mí me gustaba; así como recorrer los dedos por los pliegos duros como papel de pergamino, tan manoseados y enteros, tan fuertes como si estuviesen barnizados. Tardé tiempo en reconocer el fuerte olor a tabaco metido entre sus páginas. Aquel lugar era una reliquia.
 
   Y hoy sigue siéndolo para mi recuerdo. Herencia de los antiguos patronos ingleses que explotaron la mina en concesión y que, al marcharse, la dejaron como un regalo que nadie más se ocupó de seguir manteniendo mucho tiempo, porque enseguida llegó la tristeza de una guerra que nadie había pedido, y lo menos importante era reponer las baldas con libros. Había que reponer balas en las cartucheras, jóvenes en las trincheras y llenar de muertos los cementerios.
 
   La desidia es una mala planta que se agarra a las paredes del tiempo y destroza los cimientos de la vida de las cosas. Y aquella desidia terminó por corroer lo que quedaba de muebles, sillas, libros y revistas juveniles. Algún día, siguiendo alguna orden, ya nadie más abrió sus puertas y nadie supo a qué vida pasó su escaso y viejo contenido y mobiliario.
 
   Otro de los olores no recuperables por nuestra nariz, ni tan gratos, aunque alojados igual en el recuerdo, era el que desprendían los retretes públicos instalados en cada barrio, a una cierta distancia entre ellos. Había un hombre dedicado a su limpieza y no recuerdo haberlo visto nunca con mascarilla ni guantes ni protección sanitaria alguna. Solo su mono de trabajo y unas botas de goma altas que le llegaban a la rodilla. Recuerdo que en la adolescencia le dediqué un poema. Aquellas viejas letrinas desaparecieron junto con su olor cuando la gente comenzó a instalar en sus casas los sanitarios de los que siempre se había prescindido. Actualmente no queda rastro de ellos.
 
   Había olores especiales en la iglesia, en los puestos de la plaza, en la acera suelta, en la carretera, en las posadas. Cada lugar, cada barrio despedía su propio y especial perfume. En unos afloraban los aromos o los eucaliptus jóvenes, en otros la dama de noche, en los que quedaban cerca del regajo estaban presentes el de los mastrantos, el óxido del agua o el romero. El olor que llevaba en los serones sobre el burro la mujer que vendía la leche y traía peros, granadas, o naranjas de su huerto. No pararía de recordar olores, pero casi todos han desaparecido.
 
   Hoy día, en mi pueblo, en Sotiel, no hay escuelas ni iglesias para el culto ni mercado ni un lugar en el que las mujeres puedan verse para hablar de sus cosas. Ni olores nítidos. Ha cambiado el concepto de aldea, las costumbres, los usos. Los hombres van al bar, pero ellos son ellos. Y sus necesidades no son las mismas, no cuentan como problemas. Ni como soluciones. Se llevaron el perfume de la tierra.
 
   Y hoy, un día cualquiera en el que no ha habido nada reseñable que contar y ningún perfume especial me agasajó la mañana, por algún motivo caprichoso de la memoria he rememorado aquel olor que lo impregnaba todo; las paredes, los libros, los muebles, los fantasmas de la vieja y desaparecida biblioteca. Una cosa fue llevando a la otra. He intentado a través de las palabras mantenerlo en la memoria olfativa como si fuese la esencia de aquellas viejas y nunca recuperadas mandarinas.
 
Por cierto, otra fragancia, la de las mandarinas, que ya nunca tuvieron el mismo olor que guardamos de ellas en el recuerdo.
 
 
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