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sábado, 5 de enero de 2013

VIERNES 4 DE ENERO, 2013


Viernes 4 de enero, 2013. Por alguna razón que se me escapa hoy he sentido miedo, preocupación y tristeza. Un cóctel de todos esos sentimientos mezclados. Una mezcla explosiva que podía haber hecho que todos mis sistemas de defensa entraran en acción.
          Algo hizo que se pulsaran los resortes del miedo cuando en una rápida visión tuve delante de mis ojos la imagen de un hombre retorciéndose en el suelo, ardiendo como una antorcha hasta que su ropa y su piel fueron una pasta inconsistente hecha de ceniza roja que quedó pegada al asfalto, y su carne era una brasa humeante y tétrica. El pavor me paralizó por unos momentos. Esta era una acción que siempre había pasado lejos, que no podía pasar aquí, a dos pasos de mi propia vida. Y por ese efecto dominó que tiene el pensamiento, una ficha hace caer a otra, y a otra, y así sucesivamente hasta que toda la hilera está sobre la tarima. Así un pensamiento te lleva a otro, una historia a la otra, un suceso terrible incita la visión de otro suceso.
        Y el pensamiento se dispara y de pronto ves la escena que no querías. Ves a una niña, casi un bebé, víctima de un acto repulsivo al que es imposible darle imagen, ofrecerle un lugar en la crónica negra de los sucesos. Y sigue el rastro de dos cuerpos humanos carbonizados, los infantiles e inocentes cuerpos de dos hermanos que acaban de ser, por no se sabe qué instrumento de maldad paterna, convertidos en cenizas. Y después es el frío lo que sigue al fuego, la congelación, la muerte por pericia vital del desequilibrio más perfeccionado, del delirio más incestuoso. El rapto de la vida antes de la vida o al momento de ella, la furia anormal de una mente alienada por la irracionalidad de su propia disculpa.
       Actos humanos como si se tratara de un libro de imágenes consecutivas en el que al desplazar con la mano el filo de sus página, te diera el resultado de una historia completa. La historia que invita al miedo, a la incredulidad, a la tristeza. Y veo, en un recorrido rápido por esas páginas que por sí solas no provocan sino un pavor aislado, los cuerpos de cinco chicas muertas por aplastamiento y desidia, por locura colectiva, por el avaricioso afán de la muerte que se apaña con los mediocres usureros de la vida para provocar la desesperación, el fallo monumental de todos los sistemas que deben regir para el buen funcionamiento de una comunidad. La imperdonable puesta en marcha de la desidia apática de un régimen viciado por la costumbre y la creencia de que nunca van a suceder las tragedias que se ponen en marcha cuando la vida anda descuidada en disimular sus errores.
        El dedo pulgar termina de hacer su recorrido rápido y fugaz por las páginas del libro que encadena actos, pero no porque termine de visualizar sus páginas se termina el horror. Dando de lleno en el epílogo del día, casi rozando las sombras de la mañana que sigue a esta jornada de desconcierto en la que mi pensamiento se he empeñado en permanecer por espacio de unos segundos eternos –tal vez necesarios para ella- queda aun por entrever la imagen de la primera mujer asesinada por su pareja en este año que recién comienza a desplegar sus alas, a dar los primeros pasos. Viernes tres de enero 2013. Después de tantos horrores, comienza la cuenta atrás para una nueva era de asesinatos.

Miedo, preocupación, tristeza...





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Sevilla, 5.1.2013.

viernes, 6 de enero de 2012

EL BELÉN DE LOS SANTOS INOCENTES


Todo comenzó como un juego, de la única forma que podían comenzar las cosas por entonces. Porque éramos jóvenes, casi niños, porque aquel desafío no podíamos tomarlo de otra manera que no fuese jugando, porque se avecinaban las vacaciones y en algo teníamos que echar el tiempo.
     Nos reunimos en asamblea, -aunque ninguno de nosotros supiésemos la literalidad de la palabra- en la calle, en el único lugar que teníamos siempre abierto a nuestra disposición. Y de nuestros devaneos mentales nació la idea de hacer un Belén viviente. Un Belén con seres humanos, de carne y hueso, en un hábitat natural que imaginamos que sería como el Belén de los acontecimientos.
      Pusimos en marcha la idea con una celeridad pasmosa, saltando por encima de todos los obstáculos que se nos presentaban. Aunque estábamos tan ilusionados que no recuerdo haber visto a nuestro alrededor ningún inconveniente que pudiera ser tomado como tal.
      Confeccionamos la ropa en el taller de costura de mi madre utilizando colchas adamascadas, viejas telas y cueros secos de animales que sacamos de nuestras casas. Cualquier cosa nos servía para transformarla en ropajes que tratábamos de imitar según cuadros y pinturas de la época en las que se podía ver cómo iban vestidos los personajes del cuadro bíblico que queríamos impresionar en carne y hueso.
       La localización del lugar en el que se instalaría el Misterio estuvo clara desde el primer momento. Por encima de la carretera, en un tramo visible después de una curva cuando se dejaba atrás la ermita tan solo por unos pasos, sobre un pequeño montículo en el que habían quedado casi destruidas unas cuantas chozas y zahúrdas, fue el lugar elegido sin discusión alguna. El invierno llenaba el suelo de hierba y era como un tapiz extendido por toda la ladera. Y a cada tramo, los rectángulos oscuros de los cuchitriles abandonados en los que quedarían alojados los peregrinos huyentes, los pastores y sus rebaños.
        Repartimos los papeles. Una joven belleza quinceañera sería la virgen y un joven alto y apuesto se quedó con el papel de San José. Cuando los tuvimos vestidos con la ropa que se les confeccionó, con el largo telar y los velos cubriendo la cabeza de maría y la barba envejeciendo el joven rostro de José, la escena cobró un realismo impresionante. El vaquero Cumbreño nos prestó ovejas, una vaca y un mulo.
Diseminamos pastores y pastoras por el monte, colocamos fogatas protegidas por piedras que las rodeaban, sobre el trípode hecho con madera de eucaliptus se sostenía balanceándose una olla con agua que hervía. Pusimos rebaños de cuatro o cinco elementos dispersos por el monte, atados, sujetos a estacas para que no se movieran del lugar. Pusimos la vaca y el mulo detrás de un pequeño pesebre sobre el que un niño de Dios acababa de nacer y era observado atenta y amorosamente por María y José, silenciosos y aturdidos.

     Desde el pequeño pueblo metido en el valle hasta la altura en la que ubicamos el nacimiento había un largo trecho que había que recorrer ya oscurecido por una angosta y retorcida carretera, estrecha y negra; y para hacer más llevadero y fácil el acceso de las visitas de nuestros vecinos, colocamos a cada cierto trecho unas bengalas hechas con palos a los que se le había atado a un extremo rollos de algodón de la fábrica impregnados en un líquido inflamable que llenaba cada tarde el camino a recorrer de fantasmagóricas visiones.
     Ya en la última curva se divisaba el monte con las fogatas encendidas, las figuras ateridas de frío y emociones, los animales vivos atados a las estacas o sobre los hombros de algún pastor, tal como habíamos visto que sucedía en los belenes hechos con figuritas de barro.
     Pero nuestras figuras eran de carne y hueso. Teníamos que trasladar a los animales cada tarde desde sus cuadras y corrales hasta el improvisado escaparate del Belén. Y al finalizar había que llevarlos de vuelta a sus establos. La vaca era lenta, inamovible y terca, y el mulo, afortunadamente, aprendió a hacer el camino llevando sobre su grupa un jinete al que tenía confianza. Las ovejas había que trasladarlas subidas a hombros de todos nosotros, pues separadas de su rebaño se negaban a dar un solo paso. Pesaban mucho. Solo los chicos más fuertes podían hacer el largo camino con ellas en los hombros.
     Todos teníamos papeles asignados en la obra, todos intervinimos de una u otra manera. Pero a la hora de la escenificación mímica del Nacimiento, solo yo les veía desde la falda del pequeño monte, después de haber dirigido cada movimiento y situado en la escena al personaje correspondiente, y viéndolos desde allí, en un conjunto humano único y maravilloso, no pude contener las lágrimas y volqué desde el pecho toda la emoción contenida hasta aquel momento.
     El día del estreno, mientras el frío nos atravesaba los huesos, sentía como una bendición la satisfacción de un trabajo bien hecho, conseguido y realizado con todo el esfuerzo del mundo que hasta entonces nos negábamos a reconocer. Todos los chicos quedaban cerca de una hoguera y así se impedía que sus miembros quedaran agarrotados por el frío. Yo cuidaba de que no faltara leña cerca y uno vestido de pastor la arrimaba cuando veía que las brasas se pegaban al suelo.
     La gente, los vecinos que habían asistido a nuestro incesante trabajo esperando ver qué salía de nuestros movimientos para emitir un juicio, se quedaron impresionados. Yo les veía asombrados y atónitos ante el espectáculo que les estábamos ofreciendo, que no habían podido figurarse. No faltó nadie. Es decir, cada día de puesta en escena del Belén al aire libre, con personas y animales vivos, pasando frío y penalidad manteniendo la estática postura de las estatuas, nuestros vecinos asistían sin falta ofreciéndonos también el sacrificio de su frío a cambio de su perpleja mirada llena de asombro.
    Todos, no. Faltaron algunos. Concretamente faltaron tres. Vino gente de fuera de nuestros lindes, de pueblos cercanos de la comarca. Salió una nota en la prensa de la ciudad. En ella se hacía un reconocimiento al éxito del Portal viviente, al esfuerzo realizado por los chicos que habían llevado a cabo tan sorprendente trabajo, y terminaba diciendo que los tres organizadores del acto, los maestros y el cura párroco de la localidad agradecían a todos su asistencia y la excelente acogida que habían tenido para con aquella extraordinaria iniciativa.
     Me mandaron el periódico a mi casa para que me sintiera bien al leerlo. Diario Odiel era todavía, lo recuerdo bien. Me sentí tan indignada leyendo la nota, que creo que el frío fue más intenso que el sufrido durante las tardes en el monte. Con un lápiz que tenía a mano garabateé encima y borré cuanto pude hasta casi rasgar el papel.
     Cuando devolví el diario a su dueño, el alcalde, estaba furiosa de la rabia. Aquellos tres personajes no solo no habían sido organizadores de nada, sino que además de no ir a visitarnos habían puesto todo su empeño en que no saliera bien. Nunca entendimos por qué.
      El domingo siguiente el cura párroco dedicó su homilía a afear nuestra conducta, criticando la osadía de hacer uso indebido de algo que no nos pertenecía. Se refería al periódico y se refería a mí, ya que solo yo había hecho aquello de que se acusaba a los demás. Me di por aludida y abandoné la iglesia. Detrás de mí salieron todos los otros. Nunca más volví a ella.
       De esto que cuento han pasado cuarenta y ocho años. A menudo lo recuerdo, sobre todo cuando llega la Navidad. Hace mucho que no he vuelto a saber de todos aquellos chicos y chicas que protagonizaron aquel bello y frío cuento que comenzó como un juego y terminó mostrándonos la parte más sucia y fea de una sociedad pueblerina llena de tabúes y dominios religiosos, de cerrados y oscuros callejones por donde se circula pegados a la pared, y se habla con un lenguaje indescifrable, con la voz amarga y retorcida de los conventos.

miércoles, 4 de enero de 2012

VOCES BÚLGARAS

Carolina en la cocina mientras hace unos pinchos tropicales está cantando con su depurada técnica una canción de folklor imitando las delicadas voces búlgaras. Hace años que no la escuchaba cantar con tantas ganas.

Esta noche el ambiente es de fiesta y ella expresa con su canto el ambiente que reina en la casa. Los otros, cada cual en una tarea diferente, pero todos aplicados en una labor común, que es la de embellecerse para estar guapos en la cena. Limpios, bien vestidos y maquillados. Ese carácter jovial y al mismo tiempo formal con el que queremos acudir a las citas importantes.

Hoy toca cena de Navidad. Quien no se esmere no sale en la foto. Hay risas nerviosas y alguna expectación muy particular. Hoy viene a cenar el novio de Rosa. Lo trae a casa por primera vez desde que salen juntos. Mamá le dijo que no le parecía bien que el chico dejara a su familia para venir con ella, que mañana sería incluso mejor, pero ella insistió, además se justificó diciendo que él no tenía familia en España y que no iba a viajar hasta su país solo por pasar esta noche con ellos.

Quedó la cosa así. Y esta noche viene Ismael a cenar a casa. Nadie lo ha visto aun, ninguno de nosotros lo conoce. Rosa no nos ha enseñado ni siquiera una foto suya. Quiere mantener el asunto en secreto o simplemente no le da importancia al echo de que una imagen pueda servir para determinar la importancia o la valía de un individuo. Rosa es así, y es de esta segunda forma como piensa y no por abusar del secreto o la sorpresa.

Para sorpresa la que nos dio papá llegando anoche desde el destacamento en Irak en el que está destinado. Es Capitán especial de las fuerzas especiales y aprovechó un permiso de dos días para plantarse en casa a cenar con nosotras. Creemos que le gustará tener a Ismael esta noche, porque al menos habrá un hombre en la casa con quien podrá hablar de otros temas diferentes a los que tiene con nosotras. Papá quería un hijo varón, y buscándolo se juntaron con cinco hembras. Yo soy la mayor. Rosa, que será la que esta noche se convierta en la más seria y formal de la familia, es la segunda. Caro, que estremece la cocina con sus voces búlgaras, es la tercera.

A la hora convenida llamaron a la puerta y mamá que estaba cerca fue a abrir. Rosa ni siquiera oyó la llamada. Yo acudí detrás de mamá y pude verlo todo. Ismael, si es que se llamaba así, era un tipo alto, fuerte, con el pelo rizado pegado a la piel de la cabeza, completamente negro, sus rasgos eran casi invisibles en el vano de la puerta. Casi una sombra recortada con el fondo de luz del pasillo exterior de la vivienda. Era la sombra negra de un hombre negro.

En un español muy estudiado y correcto preguntó por Rosa Hidalgo. Después hubo unos momentos largos de silencio. Mamá no contestó enseguida o no dijo nada que yo pudiera oír. El muchacho repitió la pregunta mientras alargaba un envoltorio que pensé que sería una botella. Mamá no alargó su mano para cogerla. Se mantuvo callada y sin hacer ningún movimiento. Después, con la voz casi ahogada, sin saliva, la oí decir mientras cerraba la puerta lentamente, “lo siento, creo que se equivoca, esa persona que dice no vive aquí.”

viernes, 30 de diciembre de 2011

SU CANCIÓN MÁS AMADA

Colocar ruidos por la casa no le sirve de nada. Ni darle calor a las estancias, ni quitar las alfombras para que no amortigüen sus pasos. Poner las fotos en las que su sonrisa lo ilumina todo tratando de llenar el lugar con su presencia intacta, aumenta de forma innecesaria un dolor que no acaba nunca.

Nada sirve de nada, porque es imposible olvidar que ella no está. Creer que la vida puede seguir en el mismo orden desde que ella ha muerto es como pretender que los días no tengan noche.

La casa parece deshabitada y el frío permanece incrustado en las paredes. Todos los ruidos le molestan y al mismo tiempo el silencio se hace insufrible. Comprende que no son las condiciones de la casa, sino su propio dolor lo que le impide permanecer en ella. Todo le provoca una mala rabia que no quiere disimular.

Un cortejo de luces de colores prolongadas por una niebla intensa abraza las farolas hasta difuminarlas. La misma niebla que se posa en los tejados y se enreda entre los árboles cuajados de falsas lágrimas de nieve, y dibuja los cuerpos ateridos de la gente que destilan nubes de vapor por sus bocas sonrientes. La gente va feliz, sonríe como si esperara algo que sabe que va a sorprenderle. Los escaparates muestran ilusión, lujo y atrevimiento.

Ahora se arrepiente de haber salido, no entiende esa alegría de la gente, esos rostros que van como iluminados pertenecen a seres sin sentimientos, esos retazos de palabras alegres que se quedan bailoteando a sus espaldas son restos de una fantasmal exhibición grotesca. No puede compartir ni comprende sus alegrías, no vive en este mundo, se ha quedado muy solo, ha muerto ella, y sin ella no existe el futuro ni la navidad ni puede entender que el resto de la gente pase a su lado sin ver su dolor.

En mitad de la avenida, un hombre vestido con un enorme poncho de colores arranca de una flauta los sonidos de la canción que ella amaba por encima de todas las canciones. Las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta, lo pies clavados en el suelo, como un árbol sin ramas que ha crecido de repente desde alguna raíz que acida el aire, recibe el movimiento de choque que golpea sus hombros, sus costados, y lo hace tambalear como si fuese una rama desgajada sacudida por el aluvión que baja y sube la calle.

Se deja caer junto al músico, queda sentado en la acera y coloca unos billetes sobre el sombrero donde la gente deposita su limosna en calderilla. Su mirada es una súplica que el músico atiende sin dejar de tocar la canción.

Lentamente el mundo comienza a disminuir su paso. El trasiego de gente adquiere el ritmo de una cámara lenta, van en la cadencia de un disco vago de revoluciones. Y como si hubiesen abierto de golpe las ventanas de la calle, le abofetean el perfume de los inciensos de los puestos figuras del belén, el tufo penetrante de las castañas asadas, los vahos del transeúnte que despide efluvios de cervezas fermentadas.

Unos brazos amados lo alzan desde la altura en la que el músico interpreta sin cesar la melodía y baila dejándose llevar por ellos rodeando el talle menudo, acariciando su pelo, oliendo su perfume desvaído. El perfume especial, diferente y único que le queda en el recuerdo. El perfume que emanan los cuerpos de los muertos.

jueves, 29 de diciembre de 2011

AUSENCIA

Ausencia de vida en las ventanas,
vacío de la otra silla alrededor de una mesa,
un armario de perchas descolgadas,
dos trajes atacados por polillas
descansando sobre la cama vacía por la ausencia.

Ausencia de presencia, de voces y de risas.
La baraja de cartas con la que entretenías
las tardes haciendo solitarios,
la aguja del ganchillo,
la colcha de crochet, las sábanas de hilo y las mantelerías
que te ayudaron a entretener la vida
con el trabajo siempre comenzado.

¡Cuánta faena a cuestas,
cuánto dolor de espalda para morirse un día
y dejarnos la casa poblada con tu ausencia!

A veces,
si me quedo mirando un punto fijo,
me parece adivinarte allá en la ausencia
recortada en el vacío del recuerdo.

La elegante silueta,
el pelo recogido en un moño de artista,
el suave movimiento de las manos
y los ojos perdidos en algún arabesco
dibujado en el delicado organdí del costurero.

A veces,
la ausencia me rodea
y ando todo el día tropezando contigo,
que te quedas parada en el pasillo
como si no me vieras.

¿QUÉ HACEMOS HOY?

Acompáñame, ven conmigo, hoy vamos a cubrir ausencias, a tratar de llenar habitaciones vacías, a descorrer cortinas y a subir las persianas, a hablar con el silencio de los que se han marchado.

Hoy vamos a sentirnos identificados con aquellos que no tienen identidad, que solo tienen frio y son ausencia. Y están ausentes. Porque sobre los papeles, ninguno de esos que tienen hambre, sed y necesidad de justicia son gente de carne y hueso. Esos no están numerados, son fotografías, estridencias en los números contables de los que hablan las estadísticas frías, que llenarán muchos bolsillos antes de llenar un estómago vacío por el hambre.

¿Qué hacemos hoy?, preguntas. Acompáñame, pero no te quedes escribiendo conmigo. Vamos a las cloacas, a las calles, a los refugios, a las habitaciones de aire en las que duermen los indigentes cada noche. Vamos a los comedores sociales, vamos con los ángeles de carne y de hueso que recorren las calles llevando algo caliente a las barrigas frías, histéricas y heladas por el vino, por la soledad, por sus propias ausencias y silencios.

Vámonos con las mantas a otra parte. Vámonos sin caridad, sin estridencias, sin hacer el más mínimo ruido. Vámonos con la noche y con el frío para amanecer con la escarcha descoloridos y austeros, dolidos por el dolor de tanta gente. Hoy vamos a cubrir ausencias, sobre todo. A llamar a la soledad con su nombre y apellidos. Vamos a decir que la tristeza es válida y nos permite salir de los apuros en los que nos meten la comunidad ruidosa, explotadora de bengalas, distribuidora de truenos e insolencias.

Hoy vamos con nuestras propias uñas a marcar en el calendario una fecha. Hoy, en este día, a partir de este día he decidido hacer lo que me dé la gana. Ser feliz o estar triste no depende de mí. Pero haré todo lo posible por llenar mi vida de la misma forma, con los mismos métodos y disciplinas, con que hoy trato de llenar ausencias, de sentir que las habitaciones vacías se están volviendo a llenar de vida, que se puede hablar con el silencio y escuchar respuestas que nos manda.

¿Qué hacemos hoy? Ven conmigo. Pero no a lamentar la edad, la soledad o el vacío. Sino a llenar lo que nos queda de vida con la esperanza de verla siempre llena.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

LA ESQUINA DEL DEMONIO

Cerca de mi negocio hay un espacio socialmente acotado por una docena de chavales jóvenes, de entre 20 y 30 años, en el que no hay cabida para nadie extraño a su círculo. Se pasan el día fumando cigarrillos de marihuana, pateando piedras, escupiendo saliva, con las manos hundidas en los bolsillos, o en alguna de esas actitudes que les son tan características.
Hemos intentado acabar con aquel ghetto en repetidas ocasiones, pero sin éxito alguno. La policía nos dice, cuando le hemos llamado, que los chicos están en la calle porque no tienen otro sitio a donde ir, que no alborotan ni se meten con nadie, ni se pegan ni insultan a los vecinos.
Que no hay caso por el que ellos puedan o tengan que intervenir.

Como se podrá comprender, nuestras relaciones no son buenas. Ellos saben que nosotros no les queremos allí, y nosotros sabemos que los sufrimos injustamente porque no hay términos legales para echarlos, que lamentamos la pérdida de clientes que no pueden estar sentados en la terraza porque el humo de sus cigarros de grifa les expulsa. Tampoco quieren venir con sus hijos para que jueguen en el parque cercano por el temor consecuente y comprensible. Los vecinos de los pisos superiores se abstienen de abrir sus ventanas cuando ellos están reunidos. La gente que pasea cerca se lamenta por no haberse dado cuenta antes de lo que se cuece en aquella esquina del diablo.

Mientras los chicos se defiende diciendo que los del bar son los que menos pueden quejarse, porque ellos también se drogan con sustancias perniciosas aunque sean legales y los propietarios de los bares que servimos copas, son igualmente camellos autorizados y solo son más honrados porque pagan impuestos. Sabemos que esto pasa aquí y se consiente porque en nuestro barrio somos gente sencilla, obreros y autónomos de renta baja, jubilados y empleados sin profesión que han adquirido su vivienda de segunda mano más económica.

En definitiva, sabemos que esto que pasa en nuestro barrio no pasa doscientos metros más allá, donde se ubican viviendas unifamiliares, pisos de alto nivel y un complejo comercial y de ocio cofinanciado por grandes empresas de distintos sectores.
Días pasados fue Navidad. El bar estaba cerrado. Me acerqué hasta él para echar un vistazo como suelo hacer en días de fiesta, aunque nunca entro. Compruebo que todo, por fuera y desde fuera, está en orden. Y allí estaban los chicos, entre ocho y diez y en la misma actitud que de costumbre. Unos fumaban, hablaban entre ellos, la cabeza gacha, las gorras como casquetes de obispos encajadas sobre la frente, sudaderas deportivas gastadas e inútiles para protegerlos del frío. Actitud de indiferencia total, hastío, organizado desorden de vidas sin sueño. Tal vez sueñan algo, esperan algo, no sé, igual no los entiendo, igual ellos no me entienden, y nunca será posible la armonía entre nosotros.

  De pronto tuve un ramalazo de locura. Actué sin pensar abriendo la puerta del bar e invitándolos a pasar. Me miraron sin entender, dudaron al principio, después se confiaron, y pasaron. Seguramente necesitaban confiar. Fueron pasando uno tras otro mientras yo iba sacando cervezas, gambas que quedaron del día anterior, y hacía rebanadas de pan y loncheaba chorizo y caña de lomo y se los colocaba ante sus atónitos ojos y ante mi propia sorpresa. Me fui tomando confianza, me animé, les animé a comer y a beber, les invité a cantar, “¿no sabéis canciones? ¡Cantad, vamos a cantar!”, puse el aparato de música y metí un compacto de mis clásicos de siempre sin pararme a meditarlo mucho. Adriano Celentano, ese va bien. “¿O quizás preferís villancicos?... O un rap, de eso no tengo, es igual, música es música, no os cortéis, si queréis cantar, cantáis, y si no, a comer y a beber…” Seguí sirviendo cervezas, cortando chorizos y jamón. Estaba muy cansado del día anterior pero en aquellos momentos me sentía satisfecho. Había pasado la noche buena con mi familia, relajado y sin problemas, comiendo y bebiendo a discreción, compartiendo con una familia muy amplia el repertorio de ideas, músicas y situaciones de todos los años.

Esto era fenomenal, diferente, divertido. Esto era único. Una experiencia que nunca había experimentado. Yo estaba feliz, contento. No sé si debía estarlo, pero lo estaba. Cuando pensé que ya estaba bien les invité a salir. Les ofrecí mi mano, les fui apretando a cada uno la suya, apagué la música y les agradecí que hubiesen aceptado mi invitación. Les emplacé para seguir negociando. Y ante mi sorpresa se negaron a salir. Todos obedecían la orden de un líder que permanecía sentado y les indicaba con gestos que se quedaran. Inútilmente trataba de explicarles que yo tenía que irme, que debía cerrar las puertas, que les agradecía a todos…

Vi que el que se erigía jefe sacaba un librillo de hojas de papel de fumar. Estiró las piernas por debajo de la mesa, se levantó la gorra de visera y sacó de su forro una papelina de grifa. Eso supuse que sería. Me negué en redondo con una autoridad que no admitía discusión ni réplica. ¿O sí? Mi cara se fue encendiendo y mi gesto de complacencia cambió de pronto por una ira que agarrotó mis brazos como tentáculos de calamar y la sangre se agolpó en mis sienes haciendo latir mis venas. Sentía golpear los latidos de la sangre en la frente, noté cómo engordaban las venas hasta hacerme creer que iban a estallar. Me sujetaron y me sentaron de un golpe sobre una silla. Estuve a punto de caer de ella. Les gritaba “aquí no, chicos, aquí no”, y se reían con la boca llena de pan revuelto con trozos de jamón y gambas. Sentí ganas de vomitar y no me reprimí.
El simulacro de paz y amor, de concordia y comprensión había terminado sin haber llegado a ningún punto de unión ni confianza. Vi como cerraban las puertas desde dentro echando los cerrojos y las llaves. Sacaron las botellas de ron y de whisky, el hielo, los refrescos. Echaron al suelo la caja registradora que se abrió como una granada y desperdigó por el suelo las pocas monedas que había dejado en ella el día anterior. Volcaron la máquina de tabaco, la destrozaron a golpes y sacaron todos los paquetes de cigarrillos que contenía. Quizás quedó alguno dentro, no sé.

Bebieron hasta que cayeron redondos y exhaustos, agotados, babeantes, locos. Golpearon todo lo que podían golpear, a mí lo primero, vaciaron sobre mí el contenido de las botellas cuando ya no pudieron beber más, rompieron vasos y platos, destrozaron la decoración de las paredes, descolgaron las guirnaldas que adornaban el bar con motivos de la navidad. Mientras estuvieron dentro, las cortinas permanecieron echadas y ahora, al tiempo de marcharse, las abrieron y quedaron expuestos a la vista de todo el que pasara los daños ocasionados, mi cuerpo machacado tendido en el suelo, los cristales cubriendo el suelo, la gran mancha de líquido extendida por toda la superficie. Era día de navidad y la gente dormía o descansaba hasta tarde.

Al salir dejaron las puertas abiertas. Tardó más de dos horas en que alguien pasara y se interesa por lo que había sucedido en el interior. O eso al menos me pareció a mí. Aunque creo que yo perdí la conciencia y en realidad lo que a mi me parecía una eternidad habían sido solo unos minutos.

Todavía aturdido, mojado y apestando a todos los licores que vaciaron sobre mí, dolorido por los golpes y absolutamente colocado de grifa, llamé a la policía, que no tardó ni cinco minutos en llegar.

De los chicos no había rastro en la calle. Me llevaron detenido n un coche celular, me metieron en los lavabos y me ducharon con agua fría. Me golpearon con una toalla mojada para que confesara lo que realmente había pasado. Nunca creyeron lo que les conté, nadie había visto nada y la versión oficial terminó siendo la que ellos quisieron que fuera. Confesión que no firmé y por lo que me retuvieron hasta que se celebró un juicio en el que solo hubo un acusado y ningún testigo.

Cuando volví a abrir el bar, decorado y limpio de nuevo, instalado con maquinaria y utensilios de primera mano, los chicos seguían hacinados en su esquina, pateando piedras, fumando grifa, se rascaban una pierna, soltaban palabrotas y le tiraban pelotas a un perro para que fuese a recogerlas. Su paciencia parecía infinita pero la mía aun estaba sin comprobar. Seguimos viviendo como antes, como si nada hubiese sucedido. Pero yo he comenzado a planear una venganza que algún día llevaré a cabo.

A veces creo verles el miedo en la cara, como si pudiesen leer mis pensamientos.

domingo, 25 de diciembre de 2011

YA HA PASADO LO PEOR. AHORA TOCA RECOGER LOS RESTOS DE LA BATALLA.

Hola, buenos días, amigos. Ya pasó lo peor, ¿no? Creo que para muchos la peor noche de nuestra vida. La noche en la que depositamos tanto trabajo y esfuerzo, en la que volcamos tantas energías. La noche de la gran Esperanza, en la que tanto necesitamos que se produzca el Gran Milagro. La noche de la magia, del misterio, del dolor. Es la noche en la que más nos duele todo, pero sobre todo en la que nos duele de forma especial la soledad. Es la noche en la que más solos hay, solos multiplicados por muchos cientos de seres acompañados. Soledades arrinconadas en la trastienda de la fiesta, de la gran mesa puesta, del barullo, del lujo, de la sonrisa hipócrita, de la necesidad de transformar en felicidad la soledad del día a día que nos está matando. Es la noche en la que escenificamos desfigurado el gran cuento, convirtiendo en guión universal una manera arcaica de entender un pasaje histórico. Pero ya pasó todo, afortunadamente. Quedan las sobras de anoche para almorzar hoy, quedan restos de pintura sobre los ojos para llorar hoy con una mirada más serena, con un dolor adulto y mejor distribuido; quedan determinaciones que tal vez no se lleven a cabo de forma automática, pero que serán el grano que germine mañana. Queda la soledad, qué duda cabe, pero asumida y reconfortada por esa misma determinación. Y quedan los restos del paso de esa Noche Buena por nuestra casa, del paso de los invitados, de los amigos, de los familiares que vinieron a felicitarnos o a comer con nosotros y a gorronearnos nuestra soledad para no llevársela ni entenderla ni compartirla. Yo no tendría que haber ido tan lejos a celebrar esta Noche Buena. Hubiese sido mejor haberme quedado en casa, poner una mesa larga en el centro del rellano de la escalera. En la planta en la que vivo somos cuatro familias y en cada una de ellas hay un drama diferente que todos tratamos de ocultar al otro para que nadie sepa, para que nadie nos tenga lástima, para no inspirar en nadie la caridad que no queremos ni podemos ejercer sobre los otros. Y en esa mesa larga, escenificar otro gran momento bíblico y reunidos en asamblea, compartir lo poco que cada uno tiene, pero sobre todo, vaciarnos de amor hacia el otro compartiendo con ellos nuestros propios dolores, y así nuestra soledad estaría menos sola, pienso yo. Cuando volvía de esa cena familiar, correcta, a veces divertida, alegre otras, un grupo de vecinos o de familias se dispersaban alrededor de varias hogueras montadas en plena calle. Sonaba música a todo volumen, se oían risas, risotadas, villancicos flamencos jaleados y acompañados de palmas y jolgorio. Perdí la vista de ellos cuando el coche se alejó de la escena, pero mantuve el espíritu con ellos. ¿Realmente se lo estaban pasando tan bien como parecía? No lo sabré realmente si pienso en cada uno de ellos de forma individual, pero el conjunto era feliz y estaba alegre, sin duda. Como colectivo, como grupo, la humanidad funciona en términos reducidos, a la pequeña escala de hacer de una noche el motivo para estar justificadamente en la calle haciendo hogueras y cantando por Jerez al toque de palmas y bulerías. Los que viven en la calle, en chabolas, en caravanas, bajo el puente y sobre cartones, harán una gran hoguera y asarán patatas o boniatos o lo que hayan podido acarrear de por ahí; echaran sobre las llamas todo el resto de la amargura que les quede, que crepitará junto a la sal despidiendo chispas. Se reirán y lloraran sin lágrimas de todo y por todo, beberán un vino desfigurado por el alcohol y la fuchina y hasta es posible que acaben amándose un poco o a puñetazo limpio. Se taparán el frío con el fuego y el hambre con la desesperanza que arrastran y a la que están acostumbrados. Ellos no esperan nada de la Noche Buena. Ellos son los más inteligentes, porque ellos saben que todas las noches serán como deban ser. Ni más ni menos. Igual de malas o de buenas como vengan escrito en las estrellas. Pero quizás es que solo yo estoy triste y al resto de la gente no le suceda nada en navidad, y sea capaz de escribir páginas gloriosas en sus vidas mientras yo trato de desbaratar el sistema con mi amargura. Quizás es que me amparo en el disfraz de esta noche para ocultar la rebeldía. No quiero ser feliz a cualquier costa ni por cualquier motivo, y mucho menos quiero ser feliz porque lo pregonen los carteles publicitarios, las campañas comerciales de los grandes almacenes o las agencias de viaje. Quiero ser feliz y estar alegre porque me toca, porque debe ser una obligación, porque todos debemos estarlo para ayudar al que no lo esté, pero porque nos salga de las tripas, porque se nos haga necesario, porque nos lo ordene nuestro propio sistema de supervivencia. Pero bueno, en fin, que ya todo ha pasado. Que comeremos lo que quedó anoche del asado, de la ensalada, de los huevos, los mariscos y el jamón bien conservados. Que no podemos tirar nada, que hay mucha gente que pasa hambre en el mundo y tirar algo sería un sacrilegio, un pecado que no queremos cometer.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Aquellas navidades de los cincuenta. Hace mucho tiempo, mucho, mucho, peroquemuchotiempo atrás, existían unas fechas que coincidían con las festividades de las fiestas más entrañables y queridas por todos. Estas eran las fiestas de la navidad, cuando terminaba el año, cuando se estrenaba el nuevo. Antes se le daba mucha importancia a eso de estrenar y de dejar de utilizar algo. Las cosas nos duraban muchotiempo, muchomucho, peroquemuchotiempo. Y dejar un año atrás era como dejar atrás un abrigo viejo o unos zapatos que se han quedado sin suelas. Lo que pasaba era que los abrigos y los zapatos nos duraban muchomuchoperoquemuchotiempo más que un año que se acaba cuando termina el último día del calendario. Pero también los calendarios antes eran infinitos. Yo me acuerdo de que en casa había uno que se utilizaba siempre, y tenía pegado un fraile con hábito y como una corona de calva sobre la cabeza, y un punzón, con el que señalaba las temperaturas. Ese almanaque con el fraile y su bastón nos duraba la tira de años, de tiempoytiempoytiempo. No sé si es que los años duraban más, si los días eran más largos, si el tiempo se nos hacía más pequeño y nosotros éramos tan grandes que no alcanzábamos nunca a ver su final. No sé qué será, pero ni los tiempos son los mismos, ni nosotros somos los mismos, ni las navidades son las mismas, ni la forma de celebrar las fiestas son aquellas entrañables y queridas y recordadas fechas de diciembre, antes de que terminara el año. Tampoco las temperaturas son las mismas. Antes nos podíamos deslizar por las mañanas por una pista helada con un fondo de hierba verde que no se descomponía hasta que el sol apretaba fuerte después del mediodía. Hoy, creo que no hay ningún niño que haya podido hacerlo desde hace años. Entre otras cosas porque la hierba que crecía a las puertas de nuestras casas fue suplida por una buen capa de hormigón en forma de caminos-carretera para que puedan circular los coches.
En la Noche Buena permanecíamos en casa y cenábamos algo especial. Aunque todo estuviese como de costumbre, había un ambiente distinto. La botella de anís y la de vino dulce, los roscos, los pestiños y las rosas de miel adornaban una mesa enriquecida con el mantel de las grandes celebraciones. Mantel de hilo crudo con bordados y encajes y blondas. Por si acaso llegaba algún vecino, que siempre llegaba, con su cuadrilla de hijos detrás, zambombas, panderetas, laúdes o cualquier otro tipo de instrumento, cantando villancicos y llevándose tras ellos a los aburridos. Al cabo de un rato el grupo de cuatro o cinco se había multiplicado por cien que despertaban a toda la calle, a todo el pueblo, y terminaban recogiéndose casi de madrugada. Los más pequeños tiritábamos de frío, pero cantábamos y parecíamos felices porque entre otras cosas los cambios nos hacían diferentes y como aquella noche ya no volvería a haber otra en mucho tiempo. Repetíamos el soniquete del villancico mientras llamábamos a la puerta que no se abría. Y cuando no salía nadie hacíamos repicar las latas vacías y los cubos que llevábamos atados con cuerdas para estas ocasiones. Estos utensilios los llevábamos siempre arrastrando por el suelo y no dejaban de hacer ruido, pero en ocasiones en que no nos abrían las puertas, hacíamos que el estruendo fuese insufrible. Pero en las casas y en las familias había un recogimiento especial. No existía el afán de compras ni de hacer regalos que hay hoy. La austeridad solo se vía destronada por la apariencia frontal de las bandejas con los pasteles caseros y el extraordinario presente del anís y del vino de pasas. Algo que a nosotros, los pequeños, no nos tocaba nunca. Pero en su lugar nos poníamos malos de roscos y pestiños. Ya nada es igual, ni en el pueblo ni fuera de él. Ni el paisaje ni las costumbres ni los vecinos. Aquél espíritu de la navidad de los sesenta ha quedado tan atrás, tan lejano, que casi parece inventado, sacado de las litografías de un cuento de otro siglo. De otro siglo, si, pero de otro siglo anterior al que ha pasado. El olor de la leña en la chimenea, el café calentándose en el jarrillo de lata, las sardinas arenques dorándose en las ascuas, las migas, el chocolate caliente, las estrellas dibujándose entre el humo y la neblina, la escarcha cayendo, la noche preparándose para ser la buena, la nueva, la otra, la diferente. Esto pasaba antes, hace muchomochomuchoperoquemuchotiempo atrás.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Yo Solo Pido Un Sueño


Paseando por la ciudad, al atardecer de un invierno que se prepara acelerando el frío, entre abrigos de pieles y prisas y coches y cajas de regalos; entre alucinaciones de colores, estrellas rutilantes a tres metros del suelo y un intenso olor a castañas asadas; entre el vaho que despiden las bocas ateridas y el calor satisfecho de los guantes de lana, y el atrevimiento del hombre que se juega la vida sobre un cajón ganándose migajas de aliento interpretando a un “Mimo” disfrazado de árbol plantado en la avenida; entre satisfacción y prisa, entre empleados que corren para meterse en el bar a tomar algo caliente y compradores que miran ávidos o indiferentes los escaparates; entre unos y otros, entre bulla y despilfarro, entre indiferencia y sorpresa, entre miradas asombradas de niños y satisfecha de los abuelos que los toman de la mano; entre todos ellos estaba él tendido en el suelo sobre un metro cuadrado de cartones viejos, arropado con unas mantas andrajosas, sucio, con una barba crecida y desgreñada entre gris y amarilla, con los mocos congelados entre la nariz y el labio, con la mirada desatenta y perdida como un animalillo abandonado. Nos miraba a todos como si quisiera reconocernos. Y nos olvidaba enseguida. Por si había alguna duda de lo que era, de qué quería, explicaba mediante la leyenda escrita con tinta chorreante sobre un viejo cartón: “No me den limosna. Yo solo pido un sueño”. De buena gana me hubiese quedado junto a él, porque tal vez cualquiera, desprendido de materialismos, egoísmos y con la cartera llena, se hubiese ofrecido a darnos su sueño. Y me hubiese encantado saber cual era.