blues y blog

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jueves, 2 de junio de 2016

VERSOS(PER)VERSOS: E N E R O (de Anuario Apócrifo)

VERSOS(PER)VERSOS: E N E R O (de Anuario Apócrifo): Enero despertó después de un largo eructo de champán con burbujas y vomitó la poca vida transcurrida sobre un sucio inodoro que se tragó s...

domingo, 13 de julio de 2014

PANEGÍRICO


He muerto. Esto ya es un hecho consumado. Algo de lo que no voy a poder arrepentirme nunca, acaba de suceder. Y ahora tengo ocasión de decir unas palabras.

Sé que dejo atrás una familia, unos hijos, unos nietos, un marido. Gente a las que durante cuarenta años he estado aligerándoles la carga, haciéndoles los trabajos sucios, provocándoles el lamentable desahogo de las mañanas cuando me utilizaban de despertador, lavándoles la ropa y haciéndoles la comida y manteniendo en orden y limpia esta preciosa casa de la que tanto presumen.

Sé que me echaran de menos, que lloraran por mamá, lloraran por mí, ahora tal vez esté alguno llorando muy sinceramente, llorando por mí. Yo sé quién es, no se preocupen. No vayan todos juntos a sacar los pañuelos.

Y sé que pronto me buscaran sustituta, mamá y esposa de repuesto. Y sé que seguramente tal vez, alguna vez y muy sinceramente, lamentarán mi muerte prematura y mi abandono. Todo esto lo sé, aunque no presumo de ello. Más bien me duele un poco, y esto es como mi revancha.

Pero no se preocupen, no quiero que sufran. Yo sé que ustedes no querían que yo muriera. No les interesaba, yo les hacía falta. Pero les aseguro que por una vez en la vida ha sucedido algo con lo que yo he podido estar de acuerdo. Y es que yo sí quería morirme, aunque fuese de mentirijillas y solo para decir estas palabras después, en público, como una broma, y fastidiarles la velada. No ha sucedido así, lo siento, ahora todos estamos fastidiados.




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sábado, 12 de julio de 2014



llevaba ruidos por la casa
y nadie sabía lo que estaba haciendo.
Imitaba el sonido, percusionaba con los dedos
tecleando en el viento.
Y nació un poema que llamaron  JAZZ.

domingo, 6 de julio de 2014

LA MAÑANA


 
Cuando se levantó, la Mañana aun estaba dormida.
 
Estuvo paseando por el prado y le echó de comer a las gallinas, recogió los huevos depositados durante la noche en el gallinero y puso un poco de agua fresca en el arriate de las mimosas. Estaba tan dormida que a punto estuvo de tropezar y caer sobre la acequia que conducía el agua como un reguero transparente sobre tejas rojas, de donde bebían y picoteaban continuamente las palomas y otras aves.
 
Lo que sucede es que algunas veces la Mañana se acuesta tarde, recibe visitas nocturnas, no duerme bien lo que queda de la noche y al día siguiente se le complica el trabajo y anda de aquí para allá a trompicones, con los ojos nublados y un bostezo de sueño en la boca abierta por donde se le cuelan las mariposas.
 
A veces, la Mañana piensa que sigue siendo noctámbula de la noche, añorante perpetua de estrellas casquivanas que le guiñan la luz en la distancia llevándola a su encuentro.
 
Desde que hizo aquél canje del día por la noche, atendiendo a los ruegos de una hora furtiva que salía de caza y terminó cazada, no encuentra su sitio en el mundo. Definitivamente ya no sabe si pertenece aun a las tinieblas o su rostro es el de la espléndida luz que nace de la aurora.

sábado, 5 de julio de 2014

LEY DE GRAVEDAD


“¡Que vieja estás!”, me dijo mirándome mientras me retiraba un mechón de pelos de la frente.

Yo hubiese preferido que me hubiese dicho, “¡Que viejos estamos!”, porque él se estaba mirando en mis ojos y seguramente se conocía desde hacía mucho tiempo, como yo misma reconocía cada nueva arruga, cada cana nueva, cada achaque que nos surgía al levantarnos.

Como yo misma me veía en los suyos y lo veía a él con los míos, medio apagados, enfermos de miopía y de ceguera vieja.

“Hemos vivido lo nuestro, -le dije- no debemos desperdiciar lo que nos queda mirándonos en los espejos”.

“Lo hemos vivido todo, -dijo él- como quien se lo ha comido todo y no ha dejado nada para mañana”.




             

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(Fotografía de Elena Bellver)

miércoles, 2 de julio de 2014

LA OTRA PRESENCIA



Alguna vez la veo pasar cerca de mí, me mira directamente a la cara con descaro o se hace la distraída, como si nada le importara.
 
La mayoría de las veces pasa de largo y nunca se detiene, y es cuando más se lo agradezco; otras se hace la remolona, juguetea conmigo, se enreda con los cordones de mis zapatos, me cuenta un chiste tétrico o me invita a columpiarme desde lo alto del puente y cuando yo he aceptado ella no aparece.
 
Le temo, huyo de su presencia, pero insiste. Es como una mala amiga a la que no quieres darle oportunidad de que entre en tu casa porque después le cuenta todo lo que ve a las vecinas. Es como una enfermedad que te envenena contra la que no hay solución ni medicinas.
 
Tiene un nombre sonoro y hermoso, sin duda alguna su nombre es más lindo y sonoro que ella. Se llama Soledad pero va siempre acompañada de otros nombres y de sus apellidos más ilustres que le otorgan linaje y le dan importancia de rancios abolengos. Pero ni sola ni acompañada me gusta verla cerca de mí y huyo de su presencia; pero la sombra de Soledad es alargada y a veces me alcanza y me rodea y se revuelca conmigo por el insidioso fango de la tristeza.
 
 

domingo, 29 de junio de 2014

LOS OLORES DE LA NIÑEZ

< Con el tiempo, los olores han perdido el antiguo grado de importancia que tenían. Aunque sigan teniendo su mismo significado, ninguno de aquellos olores que se nos quedaron alojados en el recuerdo son ahora los mismos. Desde el momento en que nos ayudaron a desarrollar el sentido del olfato, con el que crecimos, que apreciábamos y sabíamos distinguir entre cualquier otro cuando éramos pequeños, hasta hoy, han cambiado tanto en su proceso de creación, de fabricación, etc, que ninguno tiene, en la actualidad, la misma fragancia que tenía cuando éramos pequeños.
 
    Ni siquiera las pastillas de jabón de Heno de Pravia siguen conservando aquél olor suave y delicado que tenían. Ni los jarabes para la tos, ni el horno de la panadería donde se cocía el pan, ni el del matadero con los fuertes olores de las especias con los que se sazonaban los productos entripados del cerdo. Ni el de las jaras supurando resina en invierno cuando ardían en la hoguera con las que hacíamos el fondo para el brasero que calentaba las casas; ni los corpus de junio con el camino de la procesión lleno de juncias y todo lo que creía a lo largo del regajo.
 
    Todo ha cambiado de olor o han desaparecido los elementos o están nuestras narices incapacitadas para captar lo más fino, las mejores esencias; están hechas una calamidad por los estragos que nos ocasionan las fórmulas de los compuestos que le echan al aire para que parezca aire, por la saturación de pesticidas, tabacos, componentes orgánicos y otros productos vinculados al progreso lo que nos tiene inhabilitadas las fosas nasales. Aunque más que el sentido del olfato, es el de la memoria el que no termina de encajarlos en su sitio.
 
   Uno de los olores que no he podido recuperar nunca y que cada día está más lejano en el recuerdo, es el que despedía la vieja biblioteca de mi pueblo, en la que apenas ya quedaban libros cuando yo era pequeña porque nadie había seguido reponiendo ejemplares, y en la que los chiquillos, sobre todo los niños, manoseaban tebeos, y algunos hombres leían con afán metódico dándose sin querer aires intelectuales, los periódicos atrasados de toda la semana. Era un olor intenso del papel envejecido y saturado de tufos enquistados, manoseado por el sudor de tantas manos que habían recorrido sus páginas, mezclado con el de la vieja madera de los pupitres, el que se introducía a través de los huecos de la nariz y llegaba al pecho e inundaba la capacidad pulmonar hasta desbordar el alma. Entonces tenía que abrir la boca y dejar salir el aire, quedarme vacía para poder respirar de nuevo.
 
   La biblioteca era un salón grande, anexo y comunicado con el casino, que además servía de sala de proyección de cine y actuaciones teatrales, más largo que ancho, más lúgubre que diáfano, lleno de pupitres altos con cajoneras ideales para leer de pie, tomar notas y guardar periódicos o libros en sus gavetas; y mesas y sillas ennegrecidos por el tiempo y el uso. Todo era de la misma madera y tenía el mismo color. Hace poco me la hizo recordar una vieja parte de la biblioteca de Calañas cuando la conocí, la primera vez que fui a llevar unos libros, pero solo era un olor aproximado a aquel otro que pervive en el recuerdo haciéndose añejo de forma persistente.
 
   Había una oficina situada sobre una pequeña altura, desde la que el responsable vigilaba y tomaba nota de los libros o revistas que íbamos a llevarnos.

A mí me gustaba sentarme en uno de los lugares destinados a la lectura, una mesa alta con taburete, y leía sobre todo a Julio Verne, autor casi obligado, ya que era escaso el fondo editorial en las estanterías. Las pastas, los lomos, las páginas interiores, todo desprendía el mismo olor agresivo, particular y único. Era un tufillo intenso y no se podía decir que fuese un perfume agradable, pero a mí me gustaba; así como recorrer los dedos por los pliegos duros como papel de pergamino, tan manoseados y enteros, tan fuertes como si estuviesen barnizados. Tardé tiempo en reconocer el fuerte olor a tabaco metido entre sus páginas. Aquel lugar era una reliquia.
 
   Y hoy sigue siéndolo para mi recuerdo. Herencia de los antiguos patronos ingleses que explotaron la mina en concesión y que, al marcharse, la dejaron como un regalo que nadie más se ocupó de seguir manteniendo mucho tiempo, porque enseguida llegó la tristeza de una guerra que nadie había pedido, y lo menos importante era reponer las baldas con libros. Había que reponer balas en las cartucheras, jóvenes en las trincheras y llenar de muertos los cementerios.
 
   La desidia es una mala planta que se agarra a las paredes del tiempo y destroza los cimientos de la vida de las cosas. Y aquella desidia terminó por corroer lo que quedaba de muebles, sillas, libros y revistas juveniles. Algún día, siguiendo alguna orden, ya nadie más abrió sus puertas y nadie supo a qué vida pasó su escaso y viejo contenido y mobiliario.
 
   Otro de los olores no recuperables por nuestra nariz, ni tan gratos, aunque alojados igual en el recuerdo, era el que desprendían los retretes públicos instalados en cada barrio, a una cierta distancia entre ellos. Había un hombre dedicado a su limpieza y no recuerdo haberlo visto nunca con mascarilla ni guantes ni protección sanitaria alguna. Solo su mono de trabajo y unas botas de goma altas que le llegaban a la rodilla. Recuerdo que en la adolescencia le dediqué un poema. Aquellas viejas letrinas desaparecieron junto con su olor cuando la gente comenzó a instalar en sus casas los sanitarios de los que siempre se había prescindido. Actualmente no queda rastro de ellos.
 
   Había olores especiales en la iglesia, en los puestos de la plaza, en la acera suelta, en la carretera, en las posadas. Cada lugar, cada barrio despedía su propio y especial perfume. En unos afloraban los aromos o los eucaliptus jóvenes, en otros la dama de noche, en los que quedaban cerca del regajo estaban presentes el de los mastrantos, el óxido del agua o el romero. El olor que llevaba en los serones sobre el burro la mujer que vendía la leche y traía peros, granadas, o naranjas de su huerto. No pararía de recordar olores, pero casi todos han desaparecido.
 
   Hoy día, en mi pueblo, en Sotiel, no hay escuelas ni iglesias para el culto ni mercado ni un lugar en el que las mujeres puedan verse para hablar de sus cosas. Ni olores nítidos. Ha cambiado el concepto de aldea, las costumbres, los usos. Los hombres van al bar, pero ellos son ellos. Y sus necesidades no son las mismas, no cuentan como problemas. Ni como soluciones. Se llevaron el perfume de la tierra.
 
   Y hoy, un día cualquiera en el que no ha habido nada reseñable que contar y ningún perfume especial me agasajó la mañana, por algún motivo caprichoso de la memoria he rememorado aquel olor que lo impregnaba todo; las paredes, los libros, los muebles, los fantasmas de la vieja y desaparecida biblioteca. Una cosa fue llevando a la otra. He intentado a través de las palabras mantenerlo en la memoria olfativa como si fuese la esencia de aquellas viejas y nunca recuperadas mandarinas.
 
Por cierto, otra fragancia, la de las mandarinas, que ya nunca tuvieron el mismo olor que guardamos de ellas en el recuerdo.
 
 
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domingo, 22 de junio de 2014

PATERA


Por decisión individual dejamos de hablar de aquella foto en la que una barca enorme traslada, hacinados, un número que no sé calcular de seres humanos, apilados como fardos, amontonados, apretados unos contra otros, reclinados en los bordes, sin otro medio de protección que un único neumático de un coche, enganchado con una cuerda al filo de la gran patera que se desliza por un mar sereno y azulado.

    Algunos de sus ocupantes miran hacia arriba porque saben que desde allá en lo alto, desde algo que vuela como un pájaro por encima de ellos, los están fotografiando. Seguramente es una de las pateras que van desde las costas africanas hasta el sur de Italia, a alguna de sus islas, que desembarcan, si es que consiguen hacerlo sin sufrir el percance del naufragio antes de llegar hasta ella, en Lampedusa. No suelen llegar embarcaciones tan grandes y tan cargadas a las costas españolas.

    Quisiera saber qué sienten cuando ven pasar de largo ese gran pájaro con motor y saben que llegará pronto a algún lugar en el que sin duda alguien los estará esperando.

    Necesito saber que yo no soy culpable de nada de lo que les ocurre a sus pobres vidas, de sus miserias, de las guerras que los echan de sus pueblos, de sus hambres, de sus injustas leyes o gobiernos. Necesito saberlo y necesito así mismo perdonarme antes de morir en los inútiles brazos del resentimiento.
  
    Y quiero imaginármelos aun con esperanza, aun con agua potable y algunos alimentos, los suficientes para llegar a tierra administrando bien lo que les queda. Y que alguno lleva una armónica y la toca, y otro comienza a entonar una canción que cantan en su tribu, y el resto les hace coro, y se abrazan y lloran porque ven que la tierra está cerca. Y se reparten las mantas cuando aprieta el frío de las noches en mitad del océano negro, que oscila y deja ver el brillo de sus crestas hasta que oculta su destello en la marea y deja paso a otras.

    Sé que rezan mientras chocan sus dientes tiritando y que conservan la fe, que creen en sus dioses o en el dios que un día les llevamos los cristianos como si desterrar a los suyos les sirviese de alimento en el futuro. De alimento, de libertad, de dignidad y democracia.

    Quisiera saber que llegaran a tierra sanos en su mayoría, que les darán cobijo y alimento mientras las autoridades de la ciudad a la que llegan se pelean sin saber qué hacer con ellos, y piden ayuda extraordinaria en las altas esfera. Quiero saber que son tratados como seres humanos, analizados médicamente y alimentados, llevados a descansar, abrigados, entendidos, solucionados.

    No sé si necesito que sea así por ellos mismos o por aplacar mi propia conciencia. Pero si no fuese así y mañana nos enteramos de que la barca naufragó antes de llegar al puerto sin conseguir ser rescatados vivos en su mayoría, echaremos la rabia hacia fuera y clavaremos las uñas en las palmas de las instituciones, morderemos con fuerza las palabras para culpar a los gobiernos fratricidas y ejecutores de tantas muertes por la indecente exclusión del pobre pueblo llano, por la falta de humanidad y de honradez con que manejan sus administraciones.

    Y mientras tanto nosotros asistimos a la muerte, a la desesperación, a la fatiga de tantos y tantos millones de seres semejantes a nosotros mismos, semejantes a sus dioses, a sus gobernantes; desde nuestras confortables medianías, desde nuestros pequeños mundos atiborrados de sencillos vicios cotidianos, vemos lo que pasa sin saber cómo comenzar la siguiente partida de aquél juego suicida.

martes, 9 de julio de 2013

POLVO DE HADA

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Hoy me han contado una historia muy hermosa que voy a tratar de reproducir con fidelidad. Voy a intentar no introducir argumentos extraños ni utilizar términos noveleros, a desestimar cualquier atisbo de sensacionalismo en el que estuviese dispuesta a caer. La historia requiere limpieza y honestidad, la mínima sensiblería y la sensibilidad suficiente para que sea el relato digno que acabo de oír de labios de su protagonista.
         
              - Aquella frente inmensa que resbalaba desde la cornisa de una brillante calva, -me dijo-, fue el lugar que la mariposa eligió para posarse. Lo vi cuando venía hacia mí y me llamó la atención, y de pronto, ¡zas! allí estaba ella, bellísima, con sus alas desplegadas, sus cien colores vivos, sus dibujos simétricos perfectamente alineados en el espacio sobre un fondo negro y brillante.
 
Me daba todos estos detalles haciendo un movimiento rítmico con sus manos, como si dirigiera una pequeña orquesta a la que hacía coro con sus palabras. La delicadeza de sus gestos iba en consonancia con todo su aspecto, su voz, el tono suave que utilizaba al hablar.
 
              - ¿Y dónde fue a posarse ella? Ocupaba toda la frente de aquél hombre, resaltaban todos sus colores en la palidez de su piel tirante, y el hombre, al sentir aquel tacto que debía ser como una sombra, no supo hacer nada mejor que darse un manotazo, sacudirla y caerla al suelo. Cuando la vi allí abatida me dio una tristeza enorme, sentí ganas de llorar. Me agaché y la tomé con las manos, pero ella no podía volar. El simple contacto de sus manos rugosas debió desposeerla del polvo de hadas que necesitan las mariposas para volar, y ahora era solo un animalito indefenso y bello, pero incapacitado.
 
Miró al suelo como con pesar, jugueteó con la sombrilla cerrada que llevaba en la mano y continuó.
 
              - De momento tuve una idea. Estábamos cerca de una tienda en la que había visto en el escaparate cajitas de mariposas disecadas, y me dirigí inmediatamente hacia ella con la mariposa inmóvil extendida en mi mano, con sus alas sin brillo, sin su polvo de hadas para poder volar. “Mire usted”, -le dije- “ha sufrido un accidente y no puede volar”. Y el hombre me miró y tenía una mirada viscosa, como si tuviera ojos de pez, no sé si era el efecto de la luz de la tienda o de los productos que usaba para su trabajo. “Necesito que la salve”, -le dije-, “no sé si poniéndole polvo de hadas… ¿cree usted?...”
 
No me costaba trabajo imaginar la escena. Mi encantadora amiga con su voz dulce, la mariposa abierta de alas en su mano abierta, los ojos viscosos de aquél desconocido disecador de alas muertas. Vestí el lugar de dramatismo, no lo pude evitar, pero dejé que ella continuara contándome su historia.
 
              - Traspasó la mariposa de mis manos a las suyas sin rozarle un ala, con sumo cuidado, y en aquel momento tuve la certeza de que la dejaba en buenas manos, que aquel hombre iba a ser delicado con ella y que sería capaz de devolverle su capacidad de volar. Me quedé sola en la tienda mientras él pasaba a lo que me figuro que sería su laboratorio, y me entretuve mirando las cajitas de las hornacinas donde guardaba colecciones enteras de familias de mariposas a cual más hermosas y bellas, exóticas, de increíbles colores y diferentes tamaños.
               - De pronto comencé a sentirme mal, como si me mareara. Percibí un olor extraño que venía de la sala anexa, por donde había desaparecido el hombre que me atendía. Un sin fin de pensamientos cruzaban mi mente en un segundo y me sentía incapaz de darle crédito ni sosiego a ninguno, y cuando ya estaba dispuesta a entrar por aquella puerta por donde había entrado el hombre, apareció él con una sonrisa de satisfacción en su increíble rostro de cadáver tendiéndome una cajita de madera con tapa de cristal en cuyo interior estaba mi mariposa con las alas abiertas y todo su brillo, pero muerta. - “Es todo cuanto he podido hacer por ella”, me dijo.
 
 
 
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lunes, 11 de febrero de 2013

LA REPARACIÓN


A través del teléfono creo verle la cara. Sé que se está riendo. Masca chicle y hace ruido con la boca. Mueve la lengua y chasca el globo verde de la clorofila que le estalla en plena nariz.
    -Por favor, si es que acabamos de llegar de vacaciones y se está descongelando todo, si solo me queda un pollo y apenas son las diez de la mañana, ¿cómo es que en todo el día no puede venir un técnico?
    -Pues ya le digo, imposible…
    -Pero es una prioridad, señorita, el servicio técnico, el servicio de urgencia… -    -Ya le digo, imposible… hasta el lunes por lo menos, o el martes, ya veremos…
    -¿Hasta el lunes? ¡Imposible! Si mañana es sábado…
    -Pues por eso mismo, y pasado, domingo y no trabajamos festivos ni vísperas, así que hasta el lunes no hay nada que hacer.
    -Señorita, que es un frigorífico, que no es una lavadora… que se me está descongelando todo… que no tenemos ni agua fría…
    -Pues ya le digo…
    -¡Póngame con el jefe, por favor!
    -Está de vacaciones, no vuelve hasta el jueves de la próxima semana… de buena gana le pondría, pero ya ve…
    -Dígale al técnico…
    -Lo siento, pero está atendiendo otro encargo.
    -¿Sólo hay un técnico?
    -Ya le digo…
    -Póngase en mi lugar.
    -No puedo dejar mi oficina
    -¡Por lo que más quiera, señorita! Es una marca alemana, aun no tiene dos años, me costó casi dos mil euros el dichoso aparato.
    -Pues ya ve, son todos iguales, los buenos y los malos, la gama a y los de la gama b, los caros y los baratos… ¡ya le digo!
    -¿Y usted no puede… haciendo un favor..?
    La oigo mascar chicle, creo verle la cara de satisfacción, el sadismo saliéndole por los ojos, la veo jugar con el bolígrafo, veo al técnico a un lado de su mesa bebiéndose una cerveza fría en un vaso cuajado de gotas heladas mientras maneja con maestría una llave inglesa. Los veo a los dos mientras ríen y el hombre pone los pies sobre la mesa.
    Cuando cuelgo el teléfono oigo que el técnico le pregunta a la telefonista cuántos avisos tiene para la próxima semana. Y acto seguido sentencia dando un golpe sobre la mesa con la palma de la mano.
    -Ya tengo trabajo asegurado para otro mes.
    -¡Ya te digo! como yo…- dice la telefonista mientras mastica chicle. Al fondo, en la radio acoplada al micro del teléfono, la voz rota y espesa de Louis Armstrong se ríe de mí y me salpica de saliva gorda la oreja, la boca y el carrillo derecho.

jueves, 7 de febrero de 2013

¡VIVA DIOS INTERNET!


Cuando se pierde la perspectiva de la realidad es como si la tierra desapareciera de bajo nuestros pies.

A mí me pasa algo parecido. La inseguridad me domina, soy igual a alguien que de pronto ha perdido la vista y se arriesga a dar el siguiente paso aunque está dominada por el miedo y teme que sus pies caigan en un abismo. Lo teme pero se lanza. Sus pies y ella son arrastrados al abismo de lo desconocido.

       Más o menos fue así: Yo no tenía una realidad para palpar, solo tenía una realidad virtual a la que me aferraba como si aquello tuviese asas, personalidad, carácter. A veces creía que necesitaba aquélla realidad basada en una pantalla fría que emitía destellos de colores, ráfagas de emociones, algún afecto cercano a la incredulidad.
      Me fui tras ella. Siempre es más cómodo asistir a los estrenos desde la butaca, que subida al pescante o al muro de los soportales para verlo todo desde fuera y gratis. Me emocioné, qué duda cabe, me sentí importante, mucho más importante sentada en la butaca que subida a las tapias, desde luego.          
      Tenía vecinos nuevos que me saludaban y me concedían importancia, aunque desde el principio yo supiera que en aquél patio de butacas predominaban las apariencias. Después llegaron ellos, los dominantes, los que imponen las normas y dictan las sentencias. Y me invitaron a salir del recinto.     De lo que objetaron pero no entendí nada no puedo hablar. Por lo que supuse que debo ser lela, porque me aseguraban que estaba claro. Al parecer me hacían un favor dándome cuartelillo, entenderían que yo hiciese esto o aquello indicando las pautas de lo que debía hacer.
       Lo hice, pero perdí pie y caí porque no sé caminar a oscuras. No tuve la malicia de agarrarme a los bordes, no sabía siquiera que los hubiera; solo me fui, salí del espacio abierto e iluminado al que ya me sabía adaptada y tomé el camino de señales equívocas, las que me habían puesto antes para hacerme caer en el error de tomarlas.
       Todo era virtual, pero para mí que todo formaba parte de una realidad tangible, de un mundo cercano y práctico, tocable, tóxico, contaminante. Como todos los mundos orgánicos. Desde entonces supe que era peligroso asomarse al mundo exterior de las redes sociales de internet, tanto como arrojarse sin red desde un trampolín cuando ni tan siquiera eres el mono del circo.
       Yo cometí el error, pero no aprenderé nunca. Soy un animal anciano de costumbres arcaicas, arraigadas, de raíces profundas. Y nunca entenderé que yo no pertenezco a este mundo en el que he querido encasillarme como si lo entendiera. Y que este Gran Dios moderno, Internet, que ha venido a sustituir a todos los otros dioses omnipresentes, omniscientes y cargados de sabiduría, es mucho más inteligente y poderoso que todos aquellos otros que ya han pasado a la historia.
       A los otros tal vez se les podría engañar. A este no.
       ¡Los viejos Dioses han muerto!
       ¡Viva Dios Internet!


                                                                       



                                                                            O-O

miércoles, 6 de febrero de 2013

VERSOS CLANDESTINOS



Tengo la certeza de que siempre llego tarde a todas partes. Cuando nací ya habían descubierto todas las cosas importantes y se habían escrito las más grandes y hermosas novelas, se habían construido catedrales, se habían organizado las comunas, la gente sabía para qué usar el fuego y el aceite y de donde había que extraer la leche, cómo se fabricaba la miel y se hacían todas las cosas que eran o no eran necesarias.

     Los rusos y los americanos se repartían la tierra, los dioses se multiplicaban, se había inventado la coca cola, se habían hecho todas las cosas grandes que se podían hacer y se preparaba el asalto a la luna y a otros planetas. Por eso creía que nada de lo que hiciera ya merecería la pena.

     Pero todos buscamos cosas. Y si no se encuentra nada nuevo, se inventa, se copia, se falsifica, se hurga en el interior de las cosas hasta saber de qué están hechas. La vida es eso, búsqueda, insatisfacción. A veces, casi nunca sabemos lo que buscamos, pero cuando lo hallamos sabemos que era eso.

     Los poetas andamos infatigables en la búsqueda de hacer visible lo oscuro y clandestino y solo cuando creemos tenerlo entre las manos sabemos que lo hemos encontrado.

     Después todo fue más sencillo. Sabía lo que quería y sabía lo que estaba buscando. Corazones, sentimientos, gente sencilla que estaba ahí tras una amistad de años sin hacer ruido, sin combatir ausencias, sin extrañarse de nada. Gente nueva que llegó segura de quedarse como yo ahora estoy segura de haber llegado a tiempo a todas partes.

     Algunos hasta queremos ser algo que no somos. Yo, por ejemplo, quisiera ser mi antepasado y descubrir el fuego, y ser mi fuente y estar donde está el agua, y tener veinte años de forma permanente y estar en cada casa donde se cuecen versos y recitar canciones en la plaza. Yo quisiera ser esa hoja volandera que recuerda un soneto. Quisiera ser el verso suelto de un poema, algo tan necesario como eso: estar en una esquina de Quevedo, en la mitad de un torbellino de Neruda, en la punta del dolor de León Felipe, en la calle de la paciencia de Machado y en una filigrana verde de García Lorca. Y quisiera ser la tinta que dibujó estas páginas que dan entrada a las clandestinas ideas, la huida, la estancia y el retorno. Pero ni siquiera soy un verso que ha dejado de ser clandestino.



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martes, 22 de enero de 2013

SERENATA PARA UNA MUÑECA




Se alzó sobre las puntas de sus pies como si fuese una pluma en equilibrio sostenida por un viento que apareció de pronto moviendo las cortinas de los árboles.
       Elevó los brazos al cielo y trenzó los dedos en una filigrana que parecía bordada sobre el brillo inmaculado de la mañana entumecida de blanca. la luz que se mecía entre el sol y la sombra dejaba entrever unos reflejos íntimos y delicados y la temperatura era suave, ideal para cualquier hora del día y para todo tipo de actividad.
       La bailarina se dobló sobre sí misma y se dejó caer sobre la luna del escaparate. Lentamente se desató las invisibles trenzas de las zapatillas, desanudó los lazos de su corpiño, se despojó del tul que la ocultaba y se quedó desnuda; saludó con una inclinación de su cabeza y doblando la rodilla derecha esperó el aplauso de los transeúntes detenidos y expectantes ante su belleza.        Alguien se acercó y puso una tela blanca sobre sus pechos y el sexo desnudo mientras ella tiritaba de emoción, consciente de la expectación que su baile había despertado entre los asistentes.
       Más tarde alguien se la llevó empujándola suavemente hacia la ambulancia aparcada en la acera y nunca más volvimos a verla bailando en la calle.



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domingo, 6 de enero de 2013

METAMORFOSIS




Yo era un lepidóptero hermoso y me sentía orgulloso de mis formas, la suavidad de mi tacto, el sinuoso y elegante movimiento de mi cuerpo cuando me paseaba por las hojas delicadas y suaves de la hermosa morera. Pero un día comprendí que mi ciclo vital estaba llegando a su fin y mi cuerpo se disponía a sufrir una transformación.
            Lo estaba presintiendo y había visto el proceso entre mis parientes y vecinos, pero ninguno me había explicado los síntomas que notaría cuando fuesen a producirse esos cambios. Y el momento, al fin, estaba llegando.
            Pensé que eran problemas ocasionados por una mala alimentación lo que me estaba produciendo aquél exceso de gases y un ligero estreñimiento, que en un cuerpecillo tan menudo como el de los gusanos puede acarrear graves daños intestinales. Después sentí la presión sobre uno de los anillos cercanos a la cabeza, como si de pronto hubiese engordado y todo el volumen se concentrara alrededor de ese lugar formando un doble cuello incómodo y opresor.
            Era evidente que estaba sufriendo una transformación, lo que no sabía era si sería la metamorfosis definitiva o una mala digestión. Comencé a sentir unos retortijones horribles. Mi cuerpo ondulado se movía con velocidad atacado por las convulsiones del viento. Expulsaba gases, sufría espasmos violentos y sentía una descomposición de muerte.
            Parecía que iba a romperme, que mi cuerpo estallaría mientras hacía una de aquellas piruetas dolorosas. Lentamente se me abrió la piel y una extremidad viscosa y ligeramente dorada comenzó a aparecer por un costado. Después pasó igual por el otro costado, mi tamaño decreció por una parte, creció por otra, cambió de aspecto, se hizo pequeño y ágil y voló. Creí que mi cuerpo volaba, pero era yo, yo entero en cuerpo y alma quien se había lanzando al mundo de la imaginación en busca de mi yo definitivo.
           Así resumido puede parecer algo rápido y casual, sin importancia. Pero fueron incalculables las sensaciones que sentí en aquellos momentos. Innumerables y extrañas, y con resultados tan extraordinarios.
           Tengo alas, soy hermoso, produzco una maravilla, soy dichoso por eso. Soy el sorprendente resultado de un cambio que la naturaleza ofrece como algo natural y sencillo. Soy la mariposa resultante de un simple gusanillo. De sentirme hermoso, soy hermosa; de gusano, mariposa, y sin embargo no puedo volar si no sé hacerlo desde la imaginación. 
           Tengo los días contados pero aun no lo sé. No puedo volar, pero tampoco sé que si lo hiciera sería más feliz. Nada de lo que se desconoce se añora. Tampoco pensé nunca que pudiera ser quien soy. La metamorfosis final me ha situado en una situación privilegiada. He conocido todo cuanto podía conocer; he dado satisfacciones y me han otorgado sonrisas y agradecimientos. No se puede pedir más.
 
 
 
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sábado, 5 de enero de 2013

VIERNES 4 DE ENERO, 2013


Viernes 4 de enero, 2013. Por alguna razón que se me escapa hoy he sentido miedo, preocupación y tristeza. Un cóctel de todos esos sentimientos mezclados. Una mezcla explosiva que podía haber hecho que todos mis sistemas de defensa entraran en acción.
          Algo hizo que se pulsaran los resortes del miedo cuando en una rápida visión tuve delante de mis ojos la imagen de un hombre retorciéndose en el suelo, ardiendo como una antorcha hasta que su ropa y su piel fueron una pasta inconsistente hecha de ceniza roja que quedó pegada al asfalto, y su carne era una brasa humeante y tétrica. El pavor me paralizó por unos momentos. Esta era una acción que siempre había pasado lejos, que no podía pasar aquí, a dos pasos de mi propia vida. Y por ese efecto dominó que tiene el pensamiento, una ficha hace caer a otra, y a otra, y así sucesivamente hasta que toda la hilera está sobre la tarima. Así un pensamiento te lleva a otro, una historia a la otra, un suceso terrible incita la visión de otro suceso.
        Y el pensamiento se dispara y de pronto ves la escena que no querías. Ves a una niña, casi un bebé, víctima de un acto repulsivo al que es imposible darle imagen, ofrecerle un lugar en la crónica negra de los sucesos. Y sigue el rastro de dos cuerpos humanos carbonizados, los infantiles e inocentes cuerpos de dos hermanos que acaban de ser, por no se sabe qué instrumento de maldad paterna, convertidos en cenizas. Y después es el frío lo que sigue al fuego, la congelación, la muerte por pericia vital del desequilibrio más perfeccionado, del delirio más incestuoso. El rapto de la vida antes de la vida o al momento de ella, la furia anormal de una mente alienada por la irracionalidad de su propia disculpa.
       Actos humanos como si se tratara de un libro de imágenes consecutivas en el que al desplazar con la mano el filo de sus página, te diera el resultado de una historia completa. La historia que invita al miedo, a la incredulidad, a la tristeza. Y veo, en un recorrido rápido por esas páginas que por sí solas no provocan sino un pavor aislado, los cuerpos de cinco chicas muertas por aplastamiento y desidia, por locura colectiva, por el avaricioso afán de la muerte que se apaña con los mediocres usureros de la vida para provocar la desesperación, el fallo monumental de todos los sistemas que deben regir para el buen funcionamiento de una comunidad. La imperdonable puesta en marcha de la desidia apática de un régimen viciado por la costumbre y la creencia de que nunca van a suceder las tragedias que se ponen en marcha cuando la vida anda descuidada en disimular sus errores.
        El dedo pulgar termina de hacer su recorrido rápido y fugaz por las páginas del libro que encadena actos, pero no porque termine de visualizar sus páginas se termina el horror. Dando de lleno en el epílogo del día, casi rozando las sombras de la mañana que sigue a esta jornada de desconcierto en la que mi pensamiento se he empeñado en permanecer por espacio de unos segundos eternos –tal vez necesarios para ella- queda aun por entrever la imagen de la primera mujer asesinada por su pareja en este año que recién comienza a desplegar sus alas, a dar los primeros pasos. Viernes tres de enero 2013. Después de tantos horrores, comienza la cuenta atrás para una nueva era de asesinatos.

Miedo, preocupación, tristeza...





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Sevilla, 5.1.2013.

miércoles, 2 de enero de 2013

UN PRÓLOGO EN BUSCA DE CUENTO




“Agrio está el mundo, inmaduro, detenido; sus bosques florecen puntas de acero; suben las viejas tumbas a la superficie; el agua de los mares acuna casas de espanto”

Hace muchos años, cuando Alfonsina Storni escribía estas palabras, el mundo era algo así como ella lo reflejaba. Inmaduro, detenido, lento. Dicen que son ciclos vitales, circunferencias perfectamente definidas por las generaciones que giran y giran repitiendo conceptos y estrategias perfectamente ideadas por los hombres que manipulan la rueda y hacen que las cosas den vueltas a la velocidad o al ritmo que ellos quieren. Eso dicen que es el mundo, el tiempo.

     Pero Alfonsina no sabía que la vida es un estado de excepción permanente. Es decir, un estado excepcional único y permanente. El mundo se renueva constantemente aunque el aire es el mismo. Las ciencias, las maquinarias, la investigación, la robotizada circunferencia de la vida sigue produciendo asombro y perplejidad por la calidad de sus avances tecnológicos, a pesar de sentirnos indemnes, grata y vivamente ajenos a la sorpresa que nos pueda ocasionar cualquier nuevo descubrimiento que se produzca en el mundo. Somos así. Nos quedamos perplejos ante cualquier avance de la tecnología al mismo tiempo que sacamos pecho para sentirnos indiferentes ante ella.

     El ser humano se ha sentido durante toda su vida superior a sí mismo. La perfecta contradicción de la simbiosis que tarda tanto en producir asombro. Se ama mientras se detesta. Se cree mientras se niega. Abandona el Edén para mezclarse con el barro del que es parte, razón y esencia. Pero nunca sabe lo que hace.

“Si abandonar el Edén es escribirlo, sé incrédulo”,

escribe Juan Cobos Wilkins, poeta onubense, invitándonos a ser leales con la realidad, incrédulos con el Edén que nos han mostrado. El edén no existe, hay que escribirlo con minúsculas, con desprecio. Hay que hacer un círculo alrededor de la palabra y describir que allí solo viven las mentiras de los hombres.

      Abandonamos el edén y hallamos la realidad que nos han escondido la ciencia, la física, las leyes de la gravedad y el Sumsun cordan. Todo cambia cuando nos enfrentamos a ella, todo es discordante y extraño, superficial, amorfo. No entendemos las ideas, los conceptos, las leyes. La vida es otra cosa, es otra cosa. La vida es sueño o cuento o verso. La vida es lo que escribimos los poetas. Lo que soñamos los poetas. La vida es lo que dice Luis García Montero, por ejemplo.

“Abriré las ciudades por si hay una silla vacía en los ojos cerrados del futuro. Y abriré la piel de un ruido, la bóveda de un eco, el tejado con hierbas de mi casa, con el filo de una antigua quimera abriré las ciudades, las palabras.”

     Y el mundo seguirá girando alrededor de su propia falacia y de sus sueños de grandeza. Se seguirán descubriendo galaxias y civilizaciones, fármacos contra la enfermedad, bombas cada vez más potentes para no parar las guerras; se perfeccionaran los sistemas económicos mundiales para que los que siguen ganando nunca pierdan, y el mundo seguirá girando, como decía antes, alrededor de su mierda concentrada en píldoras contra la solución de los problemas.

    Solo la literatura, como la piedra, permanece inalterable por los siglos de los siglos, por las edades del hombre y por la soledad de los planetas. Por los siglos de los siglos inalterable y fiel la poesía, la mano que la escribe, algo que no se muere ni transforma, ni cambia de intención ni autonomía y que se rige por las mismas reglas desde que el mundo es mundo, desde que alguien escribió un signo para que luego fuese una palabra, una emoción, una historia, un verso, una canción.

    Todos los mundos se destruyen más tarde o más temprano, menos el de las palabras. Como dice Manuel Rivas en uno de sus poemas:

"Puedo estar orgulloso.
Se cae la casa
pero mis hijos huyeron al bosque
con la cabeza llena de pájaros".

Así nos sentiremos mientras quede alguien, una sola persona que sea capaz de extender su mano y escribir una palabra. Y después de una palabra, un cuento.
 
 
 
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miércoles, 19 de diciembre de 2012

SALOMÓN


--Vamos, Salomón, vamos que te duermes…

A duras penas consigo que se ponga sobre sus cuatro patas y me siga. Nos soportamos. Nos compenetramos. Si no fuese por él yo no saldría. Y al revés, si no fuese porque yo sacudo su pereza él se quedaría todo el día tirado moviendo el aire con el rabo. Como yo, de pronto se ha hecho viejo y ha dejado de ser juguetón. Creo que tiene rarezas típicas de su edad y está impertinente como muchos ancianos. A veces se lo digo y creo que me entiende. Ya de vuelta a casa tiraba de mí y de la correa como si tuviese urgencia por llegar, como si algo inefable y muy importante lo esperara al llegar a casa. A Salomón lo espera su manta junto a la chimenea y su tazón de leche. Y a mí, mi sillón junto a su manta frente a la chimenea y mi vaso de leche caliente. Somos un hombre y un perro, pero parecemos dos viejos amigos solitarios.




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domingo, 16 de diciembre de 2012

LOS DIEZ MANDAMIENTOS DEL HOMBRE MODERNO


Primero: Amarás a quien quieras por encima de todas las cosas. El dinero, tu cuerpo, tus hijos, tu perro, tu hombre, tu mujer; y si no lo hicieras, nadie tendrá derecho a reprocharte nada.

Segundo: No pronunciarás el nombre de tu banquero en vano. Y serás responsable de la buena marcha de la entidad bancaria para que no tenga que ser intervenida por el BPPA (Banco de los países pobres alemán), abonando por anticipado y sin demora los pagos con responsabilidad contraída.

Tercero: Santificarás los días de fiesta y los del medio. No permitirás que te sean arrebatados los puentes de guardar y unir festejos y senderos, pues sin ellos la semana carece de sentido.

Cuarto: Honrarás a tu padre y a tu madre que te sacan del apuro cada fin de semana quedándose a los niños para que vayas de fiesta o al fútbol con tus amigos; que te ponen la mesa y te ofrecen su casa y avalan el préstamo que le pides al banco.

Quinto: No matarás hasta no estar seguro de cometer el homicidio perfecto. Pero si no tienes más remedio que matar por imperativo personal y humano, practica con tu mujer que te sale gratis y a devolver ganancias, subsidios, paros y desempleos.

Sexto: No cometerás actos impuros antes de asegurarte con mucha atención de que no hay una cámara cerca espiando tus movimientos. Pero si lo haces, haz que parezca un robado y no dejes de cobrar por adelantado el cheque de la empresa promotora de eventos impuros.

Séptimo: No robarás a menos que sean alcalde o concejal o mando político de importancia, diputado de partido de índole nacional, jefe de algo. Si eres un Don Nadie no podrás robar a menos que prefieras pasar muchos años en la cárcel sin revisión de condena y sin salidas de fin de semana. Tú mismo.

Octavo: No serás acusica si conoces los manejos extraños de tus jefes de gabinete. Tampoco mentiras diciendo la verdad porque eso será lo que resulte de confrontar tu palabra de pobre chupador contra la suya, alcalde o concejal por méritos propios de la ciudadanía. Mentira.

Noveno: Volvemos a recordar el tema de la castidad y la pureza. Y volvemos a insistir en la necesidad de mantenernos vírgenes de pensamiento y obra. Que no se nos ocurra darle por culo a alguien , porque eso está castigado por la ley divina. Pero sin nos dan a nosotros, aguantemos estoicamente, porque serán gajes del oficio de ser humano. Aguanta y serás recompensado por la ley de dios. O sea, que te den.

Décimo: Este es el más importante de todos los mandamientos divinos: No codiciarás los bienes ajenos. Es también el más importante mandamiento para este año y para todos los años que dure este mensaje. No desearás, -porque será codicia-, tener el trabajo que tenías y que ahora tiene otro; la casa que te quitaron y que ahora habita otra familia; el dinero que se quedó la banca en intereses porque eso la salvó de otra catástrofe mayor; la familia que perdiste, los amigos que se quedaron en el camino, los sueños que tenías y que ahora son de otros. Son bienes ajenos. No codicies.


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lunes, 29 de octubre de 2012

LA PANADERÍA


Juan es uno de los cinco millones y medio de parados que hay en el país. Lamento que el país sea España, y que el caso suceda en Andalucía, pero es así. En este, como en otros países europeos, el problema del paro laboral se ha atrincherado tras las débiles paredes de un estado incapaz de hacerles frente.
       Juan tiene a su favor además de un carácter excepcional y afable, su buen humor y simpatía, una mujer que lo quiere y una familia que permanece unida. Mientras su mujer aun conserva su trabajo que le aporta un respetable sueldo, Juan organiza la vida familiar de forma que le quede tiempo para todo. Lleva a los niños al colegio, prepara la casa y la comida, hace la compra.

       Ahora está comprando en la panadería de la calle y el hombre que la atiende lo saluda con la misma cantinela de cada día.
           
        -¿Encontraste trabajo, Juan?

Y Juan le responde, como cada día también.

        -Ya he dejado lo de veibeme, Andrés, ahora soy agente de bolsa.

         Ahora pasa un coro de campanilleros por la calle y Andrés cierra la puerta para poder hablar mejor con su cliente.

        



         Juan abona el pedido de pan y se dispone a recoger las bolsas que ha dejado en el suelo, justo en el momento en que entran dos encapuchados armados con pistolas, amenazando y pidiendo a gritos el dinero que hay en la caja.

           En la caja registradora apenas hay treinta euros en billetes y algunas monedas para el cambio, y eso eleva el tono de las exigencias de los delincuentes. Uno de ellos le agarra a Andrés el cordón de oro que lleva al cuello y tira con fuerza tratando de arrancárselo. Andrés se defiende a patadas y manotazos en el aire mientras grita a su vez pidiendo la ayuda de Juan y sujeta con fuerza el medallón que cuelga de la cadena de oro.

        -Por tus muertos, Juan, ayúdame… ¡la medalla del Betis no, cabrones!, llevarse el pan y el dinero… Por tus muertos, Juan, ayúdame, que me la arrancan, Juan, que se le llevan.
           
          Por la calle pasa el coro de campanilleros que ya se ha dado la vuelta, haciendo cimbrear sus panderetas. Tiemblan las voces pequeñas de los niños y les brilla la nariz.

          Juan intenta sujetar al ladrón que quiere quitarle la medalla a Andrés mientras el otro llena una bolsa con productos gourmet del escaparate. Andrés se revuelve como un león sin soltar su presa y el otro tira de la cadena sin resistirse a soltarla. Uno defiende su escudo, la medalla de su equipo real, y el otro piensa en el oro que lleva puesto el panadero. Casi están rodando por el suelo enganchados los dos.

          Juan forcejea entre ambos tratando de hacer algo, cuando se abre la puerta y un niño escapado del coro asoma su carita despistada y hambrienta y pregunta cuánto vale un donuts, y un ruido sordo y sin sentido se le clava en un lugar del alma y cae sobre el suelo impoluto de la más vieja panadería del barrio.





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jueves, 6 de septiembre de 2012

PERFUMES EN EL RECUERDO


Con el tiempo, hasta los olores han perdido el antiguo aroma que tenían. Ninguno de aquellosa sensaciones que nos desarrollaron de forma tan agradable el sentido del olfato, que nos embriagaban, que apreciábamos y sabíamos distinguir entre cualquier otro cuando éramos pequeños, sigue teniendo el mismo perfume, el olor o el aroma que recordamos.

Ni siquiera las pastillas de jabón de Heno de Pravia siguen conservando el olor aquél suave y delicado que tenían. Ni los jarabes para la tos, ni el horno de las panaderías donde se cuece el pan. O están nuestras narices incapacitadas ya para captar lo más fino, las mejores esencias, hechas una calamidad por los estragos que nos ocasionan las fórmulas de los compuestos que le echan al aire para que parezca aire, lo que nos tiene inhabilitadas las fosas nasales.

Uno de los olores que no he podido recuperar nunca y que cada día está más lejano en el recuerdo, es el que despedía la vieja biblioteca de mi pueblo, en la que apenas ya quedaban libros cuando yo era pequeña porque nadie había seguido reponiendo ejemplares, y en la que los chiquillos, sobre todo los niños leían tebeos, y algunos hombres, los periódico atrasados de toda la semana. Era un olor intenso que se metía a través de los huecos de la nariz y llegaba a los bronquios e inundaba la capacidad pulmonar hasta inundarnos el pecho. Entonces había que abrir la boca y dejar salir el aire, quedarnos vacíos y respirar de nuevo.

La biblioteca era un salón grande más largo que ancho lleno de pupitres altos con cajoneras ideales para leer de pie, tomar notas y guardar periódicos o libros en sus gavetas; y mesas y sillas todas de color negro, o ennegrecidos por el tiempo y el uso. Todo era de la misma madera. Sobre el extremo derecho del salón había una oficina situada sobre un altillo a la que se llegaba a través de una corta escalera, desde la que el responsable de su uso vigilaba para que todo funcionase bien y tomaba nota de los libros o revistas que íbamos a llevarnos. A mí me gustaba sentarme en uno de los lugares destinados a la lectura, una mesa alta con taburete, y leía sobre todo a Julio Verne, que era casi obligado, ya que apenas quedaba fondo editorial en las estanterías. Las pastas, los lomos, las páginas interiores, todo desprendía el mismo olor agresivo, particular y único. Era un tufillo intenso y no se podía decir que fuese agradable, pero a mí me gustaba, así como recorrer los dedos por los pliegos duros como papel de pergamino, tan manoseados y enteros, tan fuertes como si estuviesen barnizados.

Aquel lugar era una reliquia. Herencia de antiguos patronos ingleses que tuvieron la mina en concesión y que, al marcharse nos la dejaron en calidad de regalo que nadie más pudo seguir manteniendo mucho tiempo, porque enseguida llegó la tristeza de una guerra que nadie había pedido, y lo menos importante era reponer las baldas con libros. Había que reponer balas en las cartucheras y jóvenes en las trincheras y algunos muertos en el cementerio.
La desidia es una mala planta que se agarra a las paredes del tiempo y destroza los cimientos de la vida de las cosas. Y aquella desidia terminó por corroer lo que quedaba de muebles, sillas, libros y revistas juveniles. Algún día, siguiendo alguna orden, ya nadie más abrió sus puertas y nadie supo a qué vida pasó su escaso contenido.

Hoy día el local está destinado a asuntos de la alcaldía compartido con un pequeño ambulatorio donde el médico recibe de 10 a 12 en días alternos y cuida de la salud aburrida de media docena de vecinos que se dan cita previsiblemente en espera de que sean menos largos los días. Es como el club social en el que por fuerza has de encontrarte con alguien.

Hoy día, en mi pueblo no hay escuelas ni iglesias ni mercado ni un lugar en el que las mujeres puedan verse para hablar de sus cosas. Los hombres van al bar, pero ellos son ellos. Y sus necesidades no son las mismas, no cuentan como problemas.

Y hoy, un día cualquiera en el que no ha habido nada reseñable que contar y ningún perfume especial me agasajó la mañana, por algún motivo caprichoso de la memoria he rememorado aquel olor que lo impregnaba todo; las paredes, los libros, los muebles, los fantasmas de la vieja y desaparecida biblioteca.

He intentado a través de las palabras mantenerlo en la memoria olfativa como si fuese la esencia de aquellas mandarinas.

Otra fragancia la de las mandarinas, por cierto, que ya nunca fue la misma que guardamos en el recuerdo.


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