blues y blog

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lunes, 29 de octubre de 2012

LA PANADERÍA


Juan es uno de los cinco millones y medio de parados que hay en el país. Lamento que el país sea España, y que el caso suceda en Andalucía, pero es así. En este, como en otros países europeos, el problema del paro laboral se ha atrincherado tras las débiles paredes de un estado incapaz de hacerles frente.
       Juan tiene a su favor además de un carácter excepcional y afable, su buen humor y simpatía, una mujer que lo quiere y una familia que permanece unida. Mientras su mujer aun conserva su trabajo que le aporta un respetable sueldo, Juan organiza la vida familiar de forma que le quede tiempo para todo. Lleva a los niños al colegio, prepara la casa y la comida, hace la compra.

       Ahora está comprando en la panadería de la calle y el hombre que la atiende lo saluda con la misma cantinela de cada día.
           
        -¿Encontraste trabajo, Juan?

Y Juan le responde, como cada día también.

        -Ya he dejado lo de veibeme, Andrés, ahora soy agente de bolsa.

         Ahora pasa un coro de campanilleros por la calle y Andrés cierra la puerta para poder hablar mejor con su cliente.

        



         Juan abona el pedido de pan y se dispone a recoger las bolsas que ha dejado en el suelo, justo en el momento en que entran dos encapuchados armados con pistolas, amenazando y pidiendo a gritos el dinero que hay en la caja.

           En la caja registradora apenas hay treinta euros en billetes y algunas monedas para el cambio, y eso eleva el tono de las exigencias de los delincuentes. Uno de ellos le agarra a Andrés el cordón de oro que lleva al cuello y tira con fuerza tratando de arrancárselo. Andrés se defiende a patadas y manotazos en el aire mientras grita a su vez pidiendo la ayuda de Juan y sujeta con fuerza el medallón que cuelga de la cadena de oro.

        -Por tus muertos, Juan, ayúdame… ¡la medalla del Betis no, cabrones!, llevarse el pan y el dinero… Por tus muertos, Juan, ayúdame, que me la arrancan, Juan, que se le llevan.
           
          Por la calle pasa el coro de campanilleros que ya se ha dado la vuelta, haciendo cimbrear sus panderetas. Tiemblan las voces pequeñas de los niños y les brilla la nariz.

          Juan intenta sujetar al ladrón que quiere quitarle la medalla a Andrés mientras el otro llena una bolsa con productos gourmet del escaparate. Andrés se revuelve como un león sin soltar su presa y el otro tira de la cadena sin resistirse a soltarla. Uno defiende su escudo, la medalla de su equipo real, y el otro piensa en el oro que lleva puesto el panadero. Casi están rodando por el suelo enganchados los dos.

          Juan forcejea entre ambos tratando de hacer algo, cuando se abre la puerta y un niño escapado del coro asoma su carita despistada y hambrienta y pregunta cuánto vale un donuts, y un ruido sordo y sin sentido se le clava en un lugar del alma y cae sobre el suelo impoluto de la más vieja panadería del barrio.





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jueves, 6 de septiembre de 2012

PERFUMES EN EL RECUERDO


Con el tiempo, hasta los olores han perdido el antiguo aroma que tenían. Ninguno de aquellosa sensaciones que nos desarrollaron de forma tan agradable el sentido del olfato, que nos embriagaban, que apreciábamos y sabíamos distinguir entre cualquier otro cuando éramos pequeños, sigue teniendo el mismo perfume, el olor o el aroma que recordamos.

Ni siquiera las pastillas de jabón de Heno de Pravia siguen conservando el olor aquél suave y delicado que tenían. Ni los jarabes para la tos, ni el horno de las panaderías donde se cuece el pan. O están nuestras narices incapacitadas ya para captar lo más fino, las mejores esencias, hechas una calamidad por los estragos que nos ocasionan las fórmulas de los compuestos que le echan al aire para que parezca aire, lo que nos tiene inhabilitadas las fosas nasales.

Uno de los olores que no he podido recuperar nunca y que cada día está más lejano en el recuerdo, es el que despedía la vieja biblioteca de mi pueblo, en la que apenas ya quedaban libros cuando yo era pequeña porque nadie había seguido reponiendo ejemplares, y en la que los chiquillos, sobre todo los niños leían tebeos, y algunos hombres, los periódico atrasados de toda la semana. Era un olor intenso que se metía a través de los huecos de la nariz y llegaba a los bronquios e inundaba la capacidad pulmonar hasta inundarnos el pecho. Entonces había que abrir la boca y dejar salir el aire, quedarnos vacíos y respirar de nuevo.

La biblioteca era un salón grande más largo que ancho lleno de pupitres altos con cajoneras ideales para leer de pie, tomar notas y guardar periódicos o libros en sus gavetas; y mesas y sillas todas de color negro, o ennegrecidos por el tiempo y el uso. Todo era de la misma madera. Sobre el extremo derecho del salón había una oficina situada sobre un altillo a la que se llegaba a través de una corta escalera, desde la que el responsable de su uso vigilaba para que todo funcionase bien y tomaba nota de los libros o revistas que íbamos a llevarnos. A mí me gustaba sentarme en uno de los lugares destinados a la lectura, una mesa alta con taburete, y leía sobre todo a Julio Verne, que era casi obligado, ya que apenas quedaba fondo editorial en las estanterías. Las pastas, los lomos, las páginas interiores, todo desprendía el mismo olor agresivo, particular y único. Era un tufillo intenso y no se podía decir que fuese agradable, pero a mí me gustaba, así como recorrer los dedos por los pliegos duros como papel de pergamino, tan manoseados y enteros, tan fuertes como si estuviesen barnizados.

Aquel lugar era una reliquia. Herencia de antiguos patronos ingleses que tuvieron la mina en concesión y que, al marcharse nos la dejaron en calidad de regalo que nadie más pudo seguir manteniendo mucho tiempo, porque enseguida llegó la tristeza de una guerra que nadie había pedido, y lo menos importante era reponer las baldas con libros. Había que reponer balas en las cartucheras y jóvenes en las trincheras y algunos muertos en el cementerio.
La desidia es una mala planta que se agarra a las paredes del tiempo y destroza los cimientos de la vida de las cosas. Y aquella desidia terminó por corroer lo que quedaba de muebles, sillas, libros y revistas juveniles. Algún día, siguiendo alguna orden, ya nadie más abrió sus puertas y nadie supo a qué vida pasó su escaso contenido.

Hoy día el local está destinado a asuntos de la alcaldía compartido con un pequeño ambulatorio donde el médico recibe de 10 a 12 en días alternos y cuida de la salud aburrida de media docena de vecinos que se dan cita previsiblemente en espera de que sean menos largos los días. Es como el club social en el que por fuerza has de encontrarte con alguien.

Hoy día, en mi pueblo no hay escuelas ni iglesias ni mercado ni un lugar en el que las mujeres puedan verse para hablar de sus cosas. Los hombres van al bar, pero ellos son ellos. Y sus necesidades no son las mismas, no cuentan como problemas.

Y hoy, un día cualquiera en el que no ha habido nada reseñable que contar y ningún perfume especial me agasajó la mañana, por algún motivo caprichoso de la memoria he rememorado aquel olor que lo impregnaba todo; las paredes, los libros, los muebles, los fantasmas de la vieja y desaparecida biblioteca.

He intentado a través de las palabras mantenerlo en la memoria olfativa como si fuese la esencia de aquellas mandarinas.

Otra fragancia la de las mandarinas, por cierto, que ya nunca fue la misma que guardamos en el recuerdo.


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miércoles, 29 de agosto de 2012

MIS LIBROS Y YO


Mis libros y yo. Yo y mis libros, el yo de mi yo y los libros de mi pequeño mundo. Somos tal para cual: desordenados, caóticos, a medio hacer un poco, atolondrados, aventureros, ficticios, cobardes o arriesgados, un poco locos, mágicos, indecentes… Nos amamos y a veces hasta nos entendemos, y otras, por el contario, nos mostramos incapaces de soportarnos y nos alejamos con una pretendida altivez que hasta nos duele un poco en la conciencia. Nuestra relación es de dependencia, nuestro amor es para practicarlo a cualquier hora.

Como si fuesen estigmas de los que no se borran, como las arrugas que se nos marcan en la piel o los vicios incuestionables, desde el primero hasta el último se han quedado ya para siempre conmigo. Como los hijos de antes o las piedras de los caminos por los que se transita poco. Quietos allí o viajando de mudanza en mudanza, soportando los trastornos de un viaje que no siempre nos llevó de vuelta.

El primer libro que me compré (mejor dicho, que me compraron) no fue un libro, sino una trilogía de más de 600 páginas cada uno. Lo guardo en la memoria y en los anaqueles. Veía su anuncio cada día en el periódico y me esforcé hasta conseguir que mi padre lo comprara. Era una adquisición a crédito y aún así era penoso frente a los pagos cada mes. Recuerdo que el sueldo de mi padre era en aquél tiempo de 260 pesetas a la semana y el crédito se nos hizo eterno.

Los libros eran “Un millón de muertos”, “Los cipreses cree en dios” y “Ha estallado la paz”, de José María Gironella, un catalán amigo del régimen que debió vender más libros de aquélla colección que de todos los otros que hubiese escrito en su vida. Yo era muy joven para aquél tipo de lecturas, pero me apasionaba el tema del que tenía una información detallada y dolorosa pero parcial, de una parte muy residual y resabiada del bando de los vencidos. Mi madre era vehemente cuando contaba atrocidades, pero mientras leía aquéllas páginas parecía que me estaban contando batallas de otra guerra ocurrida en otro país. Menos mal que el tiempo y yo misma, pusimos las cosas en su lugar y le dimos a los nombres signos definitivos. El señor Gironella tal vez fue necesario en aquél momento, porque quizás más tarde no habría sido capaz, no hubiese podido leerlo sin hacer un sacrificio enorme. Tuve capacidad para saber distinguir, evitar el daño que podrían hacerme, valorar y optar por algo libremente.

Me quedé con los vencidos.

Desde el medio rural en el que vivía nos desplazábamos a otros pueblos importantes o a la capital para hacer compras, ir al médico o gestionar asuntos de distinta índole. Y en la primera ocasión en que viajé sola, apenas ocho kilómetros bordeando el río, había conseguido sisar lo suficiente para comprarme un libro, el primero que compré, sin posibilidad de elegir porque no había mucho donde hacerlo. “Una chica de Lubeck”. No consigo recordar el nombre del autor, pero será un placer ahora que hablamos de ello, volver un día al pueblo y buscarlo entre los que se quedaron allí; posiblemente incluso se me ocurra buscar en Google el nombre de la ciudad, que se me antoja australiana.

El hecho de elegir aquél libro fue una necesidad que sentí de pronto, saber si aquélla chica y las otras que aparecían en el texto eran como yo. En otras palabras, si yo, habitante de una diminuta e ignorada porción de tierra podría sentirme identificada con la chica de una ciudad grande, moderna, cosmopolita, como me figuraba que sería aquélla llamada Lubeck.

No puedo hacerme una idea de las veces que he tenido ese libro en las manos o lo he estado mirando, leyendo, pasando los dedos por su lomo frágil, teniendo en cuenta que lleva en mi poder casi cincuenta años.

En realidad, era en el pasado cuando más disfrutaba de los libros. La poca disponibilidad de efectivo para adquirirlos y la ausencia de una biblioteca en la que poder satisfacer la necesidad de leer o de mirarlos me lo hacían ver de forma avariciosa y disfrutar más lo poco que tenía. Todavía en plena penuria económica pero fuera del pueblo, sobre la margen izquierda del río, en plena Gran Vía de Bilbao, bajo la enorme mole de piedra ennegrecida y sobre el duro suelo adoquinado, una pequeña librería larga y oscura, atiborrada de lomos manoseados y en todos los tonos sobrios y ennegrecidos, se convertiría en el santuario desde el que lograría tocar y adorar a los dioses que venían de ultramar escondidos en fardos de contrabando. Allí me atreví a pedir un libro del que alguien me había hablado.

El librero me miró de arriba abajo y me reconoció desde dentro, como si solo mi apariencia le diese confianza, y se fió de mí de la forma más asombrosa, me llevó tras él por un oscuro pasillo, descorrió unas cortinas de cuero hecha jirones y bajamos desde una trampilla disimulada entre las láminas del suelo, por una escalera de caracol hasta un sótano iluminado sólo por una bombilla desnuda y sucia. Allí, en los cajones de madera aparentemente desordenados, empaquetados aun, se amontonaban los libros que la editorial Losada, proveedora desde la Argentina de todo el caudal de exilio español, hacía llegar por todos los medios que podía poner a su alcance.
El hombre, después de una ligera búsqueda dio con lo que yo le había pedido. Y de momento tuve ante mí una joya que pocos se hubiesen atrevido a soñar que verían un día y podrían tocar viviendo en España en aquéllos años duros de dictadura. “La antología rota”, de León Felipe. Es posible que ya nadie o pocos sepan de qué va, de qué se trata, quien fue León Felipe o qué escribía. En una de sus páginas dice, por ejemplo: “cuando Franco, el sapo iscariote y ladrón dijo que la guerra de España era una cruzada religiosa y que dios estaba con ellos, al poeta le entraron unas ganas terribles de blasfemar”.

Con esta joya literaria metida en la mochila estuve detenida en una comisaría de Bilbao después de que la policía nos cogiera a unos cuantos que quedamos atrapados entre dos fuegos durante una manifestación contra el crimen que se iba a cometer unos días después de que se celebrara el consejo de guerra en Burgos. (pero esta es otra historia). Aquella gente no sabía quién era León Felipe ni el contenido de la “Antología rota”. Gracias a la incultura me salvé.

Este fue el libro que más veces he perdido porque lo he prestado muchas veces. Más tarde llegaría la búsqueda insaciable de Rayuela. No sé por qué, pero mientras todo el mundo hablaba de ese título y de su autor, yo no conseguía tenerlo. Eso hizo sin duda que mi interés creciera y cuando al fin pude localizarlo en una librería de barrio, sobre un expositor vertical de libros de bolsillo, la emoción que sentí fue indescriptible, así que ni lo intento siquiera. Lo leí de corrido sin detenerme en nada, sin pretender entenderlo. Después, más lentamente, lo saboreé separando cada sabor y su contenido me hizo plantearme tantas cosas, que creo que desde entonces tuve una forma diferente de sentir y ver mi vida y mi entorno. A partir de entonces fui La Maga.

Por eso, por ser la maga, me atrapó cómo lo hizo desde el primer día y hasta el último aliento entre las hormigas, los cien años de soledad que nos trajo García Márquez. Ese sí ha sido el libro que más veces he leído. Pero entre aquellos primeros tan lejanos y los últimos adquiridos en la Plaza Nueva, la diferencia es abismal. El número de ejemplares se multiplicó hasta el infinito; pasé de no tener a no saber donde tenerlos; el afán se hizo casi enfermizo y crónico. Más que leer, es el gusto de tener, de saber que cuento con ellos, que están ahí, que me miran, que puedo tocarlos y amarlos, respetarlos y temerlos. A los libros se les teme también. Yo me figuro que un día me pedirán cuentas. Me preguntarán qué he aprendido, cómo los he mirado, de qué forma suplanté las personalidades de sus páginas, imité sus palabras o aprendí a sufrir con ellos.

Me harán cientos de preguntas, me lo temo y lo deseo. Yo les contestaré como es debido. Nunca se les ama demasiado, pero puse todo mi empeño en conseguirlo.


(Nota: he averiguado que no podía tratarse de aquél libro, “una chica de Lubeck”, puesto que fue editado en fechas posteriores a las que me refiero)


María D. almeyda. Mayo, 2010.



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jueves, 9 de agosto de 2012

EL NUEVO MUNDO

Al terminar la segunda guerra mundial, una línea invisible dividió el mundo dejando a un lado a los vencedores y a otro a los vencidos, y como respondiendo a una ley que no estaba escrita y nadie refrendó, los vencedores fueron considerados los buenos mientras que el bando derrotado pertenecía al depravado y salvaje grupo de seres que habían ocasionado el nefasto tiempo que se vivió entre guerras inhumanas y brutales.

El bando vencido fue sometido y despojado de todos sus derechos. Se les confinó en una parte del mundo en la que estaba prohibida la presencia de los buenos para que estos no fuesen contaminados, y viceversa. De modo que efectivamente y de forma más real y visible, el mundo a partir de entonces estuvo formado por dos bandos contradictorios y antagónicos separados por una invisible franja que nadie tenía permiso para traspasar.

En principio se dictaron infinidad de órdenes en uno y otro bando referentes a prohibiciones, derechos y deberes de ambos sectores. El mundo era muy grande, pero las medianías estaban aseguradas en todos los sentidos. La mitad de la población ocupaba el bando de los buenos, disfrutando del bienestar que consideraban merecido, mientras que la otra mitad permanecía en el ostracismo de los perdedores.

Los vencedores se convirtieron en déspotas y maniqueos jefecillos dispuestos a ejecutar órdenes perversas. Los vencidos, doblemente humillados, se manifestaban con ligeras escaramuzas que eran rápidamente disueltas y después de forma individual o en grupos cometían todo tipo de desmanes.

Había un jefe supremo para cada bando. Se habían abolido los mandos militares y en cada sociedad se estableció un sistema de guardias de índole civil que rendía cuentas cada día a un inmediato superior, hasta llegar al supremo.

En el mundo de los buenos o vencedores, las únicas anomalías eran las detenciones que cada día se efectuaban sobre elementos del bando contrario que infringían las reglas, saltaban al mundo ocupado por la gente honrada, eran reconocibles por un aspecto vulgar y sucio y el vocabulario soez de delincuentes reprimidos. No había alteraciones provocadas entre los habitantes buenos, gente a la que se le habían suprimido los impuestos y otorgado toda clase de privilegios. Los malos o vencidos costeaban con su trabajo la vida holgazana y libre de los opresores. Estos, a su vez, contaban con un líder que neutralizaba leyes de igual modo que las creaba. Cada una de sus órdenes revocaba otra anterior y el caos organizado en su estructura social era cada día más insufrible. La gran muchedumbre que resultó del bando de los vencidos era gente proscrita e insolente que vivía entre peleas y crímenes. De igual modo en el bando de los vencedores el despotismo mostrado contra los vencidos solo tenía parecido con la empalagosa y artificial gestión de sus propios asuntos.
Los jefes de ambos mundos tuvieron noticias del caos insuperable que se estaba organizando a cada lado de los territorios y decidieron reunirse para hablar de ello y tratar de poner soluciones.

Poder vivir en paz era todo lo que deseaban. El único sitio neutral que quedaba en la tierra era la línea invisible y divisoria que los separaba y hubo que establecer la mesa de diálogo sobre un promontorio al aire libre, sobre el cual los dos mandatarios se estrecharon las manos cordialmente. Todo hacía prever un feliz acuerdo.

El primero en hablar fue Opaco, como representante del pueblo perdedor.

-Hermano, nuestra contienda quedó atrás y firmamos las bases de un contrato, pero nuestra inteligencia no puede permitir más abusos por vuestra parte. Lleguemos a un acuerdo.
-Así se hará –Respondió Lúcido estrechando la mano de Opaco y ofreciéndole una mirada limpia de rencores.

Durante tres días permanecieron en el mismo lugar sin admitir injerencias ni consejos de sus subordinados, de los que solo recibían agua y comida que les ayudara a mantenerse despiertos y enteros para seguir negociando.

Al final del tercer día habían quedado concluidas las negociaciones a falta tan solo de unir ligeros flecos y las firmas correspondientes que pondrían fin al lamentable estado de cosas que habían estado sucediendo. Al cuarto día, descansados y limpios y desde el mismo lugar que se señaló en un principio como zona neutral, se declaró abolida la simbólica raya que dividía a los bandos.

Fue la primera de una larga lista de cambios que habían de ponerse en marcha desde aquél momento. Opaco y Lúcido, vestidos ambos con ropas neutras que no mostraban pertenencia a ninguna de las dos fases, hablaron para sus súbditos ofreciéndose gentilmente la palabra uno a otro.

-Hermanos –Era la forma habitual que tenía Opaco de dirigirse a su gente-, desde este momento todo ha cambiado y de igual modo que estamos aquí Lúcido y yo y nos estrechamos las manos, habéis de hacerlo vosotros en un gesto de buena voluntad. Desde este momento habrá un solo mundo y una sola condición humana. Todos seremos iguales y nos ofreceremos unos a otros el mismo tratamiento, y si alguien no cumple lo que desde ahora está pactado y firmado en los acuerdos, será fulminantemente desterrado a la tierra de nadie, en la que solo vivirán los insumisos y las bestias.

Guardó silencio durante unos segundos, al fin de los cuales tomó la palabra Lúcido para hablar en el mismo tono conciliador, pero firme y decidido que utilizó su compañero.

-En nuestros acuerdos solo quedan por establecer las bases sobre las que se asentará nuestro futuro. Es decir, seremos todos iguales, perteneceremos a la misma categoría, tendremos igual trato, los mismos derechos y deberes, pero seremos todos buenos, o todos malos. Y en esa cuestión, hermanos, es en la que os toca decidir a vosotros.

El mundo enteró votó sin compromiso y sin atender a arengas revolucionarias. La cuestión que se planteaba en el referéndum era una sola: “Quieres ser Bueno o Malo”. Ni siquiera vencedores o vencidos, sino la consecuencia de aquél otro acto resultante de la gran guerra. Las urnas se llenaron de combustible. El papel arde bien y los que no estaban de acuerdo con la fórmula utilizada les prendían fuego una y otra vez para que no se conocieran los resultados. Nunca se supo si eran los partidarios de uno u otro bando los que cometían el delito, o si se hacía solo para darle más emoción a aquél mundo que estaba comenzando a ser considerado un estado de papanatas y serviles alguaciles portadores de cajas llenas de papeletas.

Al final se optó por fabricar urnas de un material resistente a cualquier otro intento de destrucción, y después de varias semanas se conoció el resultado.

Todos iban a ser buenos.
Hubo intentos de sublevación, sabotajes y atentados pretendiendo poner en peligro la nueva vida que se estaba estableciendo en aquella tierra tan falta de esperanza, pero al final se impuso el orden. Los reincidentes que se amotinaban contra las normas, de uno u otro carácter, después de varios intentos de conducirlos por el lado de la obediencia sin resultado positivo alguno, fueron conducidos a aquél territorio prometido como limbo de escarmiento en el que eran confinados.

Y el mundo comenzó a ser el paraíso que algunos habían soñado. L

os hombres y mujeres de aquel estado único llamado Nuevo Mundo comenzaron a entrar en un contexto de exagerada exaltación de gestos que los situaban al borde del mimetismo y la ramplonería. Los ácratas no exteriorizaban sus sentimientos por no entrar en discordia con los creyentes. El anarquista reprimía sus ansias y era infeliz de una forma sobrenatural y lógica. El aventurero guardaba distancia con la aventura pues sus riesgos eran motivaciones que podían romper el estado del bienestar conseguido. La prostituta ensayaba sus poses ante el espejo añorando momentos de lujuria que ahora no podía mostrar a nadie. Los ladrones, los timadores, los corredores de apuestas prohibidas, la gente que solía vivir de espalda a la legalidad, se reunía en garitos solo para recordar viejos momentos de gloria.

En contra de lo que habían deseado, todos eran infelices. Solo los tontos se libraban del sentimiento de frustración que los estaba enloqueciendo. Las mujeres morían de tedio, los hombres que odiaban a sus mujeres se lanzaban desde los precipicios antes de acometer el acto del abandono o el crimen. Se escuchaban contar historias terribles de aquellos que fueron expulsados del Nuevo Mundo y era preferible morir antes de ser cazados en el acto de la insumisión. Los violentos se resignaban a morderse las uñas o entraban en cólera en la soledad de sus cubículos destrozando cuanto se les ponía por delante. Los niños no aprendían con libertad otros juegos que fuesen ajenos a los valores predominantes. Se estaba creando una sociedad de gente pálida y sin recursos para hacer frente a la soledad.

Pálido y Opaco estuvieron de acuerdo al asegurar que la ausencia de maldad constriñe al ser humano y lo priva de libertad. Los que habían decidido una formas de conducta no habían tenido en cuenta la propia condición del hombre, su libre albedrío, y ahora se veían confinados a un proceso mil veces peor que el de ser expulsados al limbo de los insumisos.

Se sucedían los suicidios, el odio se reflejaba en los ojos, se propagó un medio de denuncia que los envilecía y al tiempo creaban su propia camarilla de truhanes, la vanguardia de una nueva joven guardia que rememoraba métodos antiguos, que pronto serían de nuevo evaluados y puestos en práctica aceptados bajo ley y con todas las consecuencias.

El orden volvería a imponerse sobre el desorden o el caos se implantaría sobre la tibieza y la inopia imperantes. El hombre volvería a mostrar su inteligencia, a desarrollar su verdadera capacidad, a mostrarse tal cual fue concebido. Un hombre igual a una maldad, una insensatez, una locura, una genialidad o una majadería.

Lentamente se fue aceptando el nuevo orden de las cosas sin que se pusieran reparos ni hubiera que celebrar elecciones para ello. La gente volvió a las ciudades, se crearon barreras, fronteras, banderas, estados. Circularon los trenes, se transgredieron normas y leyes, hubo crímenes y estafas increíbles y mafias asesinas, prostitución, comercio de seres humanos, guerras... El hombre respiró tranquilo. El aire volvió a estar contaminado.


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Maria D. Almeyda ......

Sevilla, febrero, 2011.

domingo, 29 de julio de 2012

COMO CADA DÍA

Cada día, después de la ducha y el afeitado, de colocarse bien su traje, su corbata, despedir a los niños, tomarse un café negro a sorbos acelerados, y antes de salir corriendo con su cartera de cuero marrón -como cada día- para su trabajo, él deja sobre la mesa tocador de la entrada el dinero que, a su entender, debo necesitar para este día.

Cada día, al recogerlo, siento como si fuese el pago acordado con la puta por el trato recibido.

La necesidad me hace cogerlo cada día mientras me muero de asco y lo desprecio.

Y como cada día me aguanto el asco y me desprecio, me muerdo la lengua y me callo, como dice el refrán que hacen las putas.




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martes, 10 de julio de 2012

FRANKY

Miró a su alrededor sintiéndose absolutamente desorientado.

Había nacido de un estallido, de la unión del rayo y la tormenta. Se había producido un fragor que repercutió en las montañas haciéndolas temblar. Después sintió la vida correr por sus venas y lentamente comenzó a pensar. Concluyó que ya era un hombre, un ser humano.

Tenía pensamientos y sentimientos de hombre, atributos de hombre, manos y mirada de hombre. Aunque estaba deformado y perdía el equilibrio por la descompensación de sus miembros y la repercusión de la gran tormenta que lastimaba con su furia todo lo vivo.

Ya estaba allí, no sabía cómo había llegado, de qué forma se unieron sus miembros agarrotados por la furia y el miedo, a quien pertenecía su pensamiento, a quien su corazón, de dónde extraería el sentimiento si quería amar. Pero todo lo que quería saber lo entendería después cuando fuese necesario. De momento su escasa inteligencia le mandó descansar y se tumbó bajo un puente protegiéndose con sus arcos de la lluvia; después se quedó dormido.

Al despertar miró a su alrededor y todo parecía diferente. Ya no llovía ni el paisaje se escondía tras la tétrica mirada de una tormenta llena de ráfagas violentas y gruñidos de loco. Ahora todo el campo parecía apacible y los verdes brillaban salpicados de gotas como perlas dejadas caer con descuido sobre las hojas muertas.

Aquél sería un bello lugar para quedarse, pensó Franky llevándose con trabajo una mano hacia arriba para rascarse una oreja. Tenía los miembros entumecidos y los sintió doloridos por el frío y la humedad. Buscó un claro entre las ramas por donde se colaban rayos del sol y sintió que todo su organismo entraba al servicio de la vida. Sonrió bonachón y se frotó las manos pensando una vez más que aquél sería un buen lugar para quedarse.

Poco a poco fue identificando sensaciones que se abrían paso en su cerebro y les buscó un nombre por el que conocerlas. Ahora sentía una especie de enfado en su interior, como un desasosiego que llamó hambre. Cerca de allí, otros seres parecidos a él se movían en actitudes desconocidas y se aproximó a ellos imitando sus movimientos, intentando hablar como ellos hacían. Pero no le entendieron. Unos le arrojaron piedras, otros corrieron y otros gritaban cosas que no entendía, pero todos parecían realmente furiosos. Una piedra le alcanzó en el pecho y localizó palabra Dolor para llamar a aquello que sentía. Dolor.

Dolor y rabia. Bien, se dijo cada vez más satisfecho, ya soy un hombre, ya me voy pareciendo a ellos. Quería hacerse entender y siguió aproximándose, pero la actitud cada vez más violenta de sus semejantes lo mantuvo fuera de su alcance. Los hombres se alejaron dando voces y haciendo gestos amenazadores mientras él se acercaba a una casa que distinguió a lo lejos. Dos personas que lo vieron llegar corrieron y se encerraron en ella. Escuchó el correr de los cerrojos al mismo tiempo que un silbido punzante le rozó la frente. Se tocó con las manos descarnadas y sintió un líquido espeso y pegajoso corriendo por sus pómulos y ocultándose en su boca. Conoció el sabor de la sangre y el escozor de la herida. Pero siguió adelante. Quería ser un miembro de aquélla comunidad, pertenecer a sus vecinos, compartir su paz y tener un techo, conocer el amor.

Franky recordó que uno de sus primeros descubrimientos había sido el sentimiento del amor, saberse poseedor de la válvula que hacía fluir las emociones, y no se desalentó. Sabía que la poseía y únicamente necesitaba saber el modo de echarlo hacia fuera para que aquella gente desconocida pudiera conocer sus afectos. Y siguió adelante cada vez con más hambre, con aquél desaliento en el lugar en el que creía que residía la necesidad.

Y llegó a otro lugar en el que unos niños jugaban a ocultarse, y se escondió de ellos y aprendió el juego mientras les observaba. Permaneció oculto y al ver que un niño se quedaba solo y decía en voz alta una cantinela tapándose la cara con las manos, se acercó hasta él y le dijo “¡te pillé!” con una voz que por primera vez se escuchó a sí mismo y no supo reconocer como una voz humana.

El niño lo miró horrorizado, paralizado por el miedo y porque los brazos fuertes y desiguales del monstruo lo atenazaban. No podía gritar, pero Franky repetía “te pillé, te pillé”, mientras su enorme cuerpo se agitaba con una risa convulsa y desquiciada. Y allí, sobre los ojos del niño desorbitados por el miedo veía su figura, y un sentimiento que le era desconocido fue apoderándose de su inmenso corazón. Soltó al niño, caminó hacia atrás dando tumbos haciendo vacilar su corpachón deformado. Con los ojos dilatados comprendió el espanto que causaba y temió sentir el miedo que a sí mismo le causarían los hombres.

El día estaba hermoso y el sol se filtraba por las ramas de los árboles, pero él no quería claridad. Buscó la noche de una cueva y se ocultó de los hombres a los que antes había ofrecido su compañía. Pensó que aquél no era un buen lugar para quedarse, que aquél lugar no le pertenecería nunca. Se dejó caer sobre la tierra fría de la cueva oscura y se quedó dormido.

Muchos años después, alguien que descubrió la cueva cuando estuvo perdido en la montaña, encontró unos restos grotescos y unos harapos que nadie conocía. Y cuenta una leyenda que desde entonces, cada vez que hay tormenta aparece una criatura corpulenta que atraviesa el lugar como una sombra, que mira a los niños y se aleja balbuceando unas palabras que no entiende nadie.

Algunos creen reconocer la palabra "amor", pero ninguno está seguro de qué quiere decir, porque hace tanto tiempo que nadie utiliza esa palabra...



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miércoles, 27 de junio de 2012

DOS PASOS POR DOS

Dos pasos por dos, multiplicados. Como dos pajarillos menudos y confiados, una al lado de la otra, despacito, con cuidado.

Desde lejos se sabe que es María quien arrastra los pies y Marta quien da la zancada más larga y decidida. Pero contiene el paso para ajustarlo al de María, porque si no lo hiciera así no podrían ir agarradas por el brazo.

María se ayuda de un bastón y sujeta con fuerza el brazo de Marta como si el temor de caerse se redujese a través de aquel contacto. Marta le ofrece confianza porque es más fuerte y puede con las dos, y marcha más segura y sin bastón y tiene mejor vista y habla con más resolución y firmeza.

María es tímida y apocada, pero también es simpática, alegre y en ocasiones, incluso divertida. Pero para llegar a esos extremos primero tiene que haber cogido confianza.

Son vecinas, solteras, sin familia alguna desde hace tiempo, viven una para la otra desde que se vieron un día como si se hubiesen desconocido hasta aquél momento. Y sin embargo habían ido juntas al colegio, y tenido las mismas maestras severas y estiradas, compartido las mismas amistades, sufrido las mismas penalidades, vivido la misma guerra, enterrado a los mismos camaradas y habían asistido a las bodas de las mismas amigas que se habían desposado con los mutuos amigos de siempre. Todos amistosamente muertos desde un pasado escalonado e incierto.

Solo ellas dos se habían quedado solas.

Y un día casi sin darse cuenta habían hecho la mudanza de la casa de una a la casa de otra. Se dieron cuenta de que tenían los mismos sentimientos, que practicaban las mismas herejías, que tenían las mismas ilusiones. Se miraban una a la otra confundidas, porque no sabían de qué se trataba aquello que sentían. Desconfiaban.

Pero a pesar de eso fueron acumulando miradas y sonrisas, intenciones, medias palabras, algún roce más o menos fortuito o inocente. Y cuando se dieron cuenta estaban instaladas en el corazón de la otra, en la casa de la otra, respirando el aire de la otra, comiendo en la mesa, durmiendo en la cama, soñando en el jardín tras la dama de noche perfumada de esencias. Y le dieron la espalda a los que hablaban.

Tapiaron sus oídos, sonrieron ante la burla descarada y aprendieron a dar sin recibir a cambio. Poco a poco los vecinos se fueron acostumbrado y verlas a las dos cogidas del brazo paseando por la plaza, yendo a misa, asistiendo a las fiestas del pueblo, bailando juntas cogiéndose las manos, como hacían todos los demás, sin diferencias, como otras muchas mujeres que bailaban solas por aquellos años, los pasodobles que la orquesta tocaba en la plaza durante las verbenas de todos los veranos.